(Foto 5: El autor cruza un torrente de montaña en el Karakorum)

Introducción

Los ríos son barreras naturales de extraordinaria importancia, hecho que a veces tendemos a olvidar los ciudadanos de los países desarrollados, acostumbrados desde nuestra niñez a atravesarlos fácilmente mediante los puentes construidos por nuestros antepasados. A lo largo de la historia los ríos han condicionado la ubicación geográfica de los pueblos y sus desplazamientos. Pensemos por ejemplo en la importancia que tuvieron los cruces del Rhin y del Danubio para los pueblos germánicos que aspiraban a beneficiarse de las mejores condiciones de vida de que disfrutaba Roma.

            Los montañeros españoles no solemos preocuparnos mucho del cruce de los ríos, en parte porque todos los ríos importantes de Europa están dotados de puentes que nos permiten atravesarlos en nuestros viajes por carretera o ferrocarril a las montañas y en parte porque los torrentes y riachuelos que encontramos en las montañas suelen ser fáciles de cruzar o bien están equipados con pequeños puentes u otras estructuras artificiales que permiten el acceso a las zonas montañosas más visitadas. El cruce de ríos y torrentes no suele formar parte de la formación específica de los montañeros españoles ni suele ser materia a la que se dedique mucho espacio en los tratados de técnica del montañismo que solemos leer.

            Muy distinto es, sin embargo, el caso de las cordilleras extraeuropeas. En muchas de ellas el montañero se ve en la necesidad de atravesar ríos o torrentes en lugares remotos, ya sea durante la marcha de aproximación o durante la propia ascensión a la cima. Esta situación puede darse también en zonas remotas de la Europa septentrional (Islandia, Escandinavia y Rusia).

Objetivo

            El propósito de esta revisión bibliográfica es recopilar la información que figura en los tratados de técnica del montañismo acerca de la manera adecuada de atravesar los ríos y torrentes de montaña.

Material y método

            La revisión la he efectuado sobre los libros que poseo en mi biblioteca a fecha de noviembre de 2023. Sólo siete de ellos abordan este asunto 1-7, de los cuales tres son las ediciones cuarta1, séptima6 y novena7 de la misma obra, cuyas recomendaciones apenas han cambiado a lo largo de 35 años. Los libros a los que se refiere la presente revisión están publicados entre 1982 y 2017.

Resultados y discusión

         Todas las fuentes consultadas coinciden en que el cruce de los cursos de agua puede ser problemático y en algunos casos muy peligroso. En las montañas del Canadá y de Alaska el cruce de los cursos de agua puede ser la principal dificultad (en términos de tiempo y de energía) a la que se enfrentan los montañeros que pretenden alcanzar la cima de una montaña. No son pocos los montañeros que han perecido tratando de cruzar ríos y torrentes de montaña. Uno de los casos más célebres es el de Jacques Poincenot, que murió ahogado en 1951 cuando trataba de cruzar el río Fitz Roy en la Patagonia.

            Los ríos y torrentes que encontramos en las montañas de las grandes cordilleras y de las zonas árticas pueden originarse a partir de glaciares, en cuyo caso suelen presentar ciertas características:

            El flujo es rápido y el agua está fría.

            Pueden ser relativamente someros (es decir: poco profundos) pero a menudo el fondo es difícil de ver porque el agua está turbia debida a las partículas de roca en suspensión («harina de glaciar») que resultan de la exaración (es decir: de la erosión que ejerce el hielo del glaciar sobre las rocas de su cauce).

            Su caudal cambia a lo largo del día debido a la fusión de la nieve y el hielo por el calor. Suele ser mínimo hacia las 3 h de la madrugada y máximo a primera hora de la tarde. El caudal puede también aumentar brusca y peligrosamente a cualquier hora en caso de lluvias o de aumento de la fusión por la llegada del viento cálido (Föhn en alemán).

            El cauce puede cambiar, especialmente después de las crecidas importantes, por lo que el curso del río con sus diferentes ramales puede no tener exactamente el aspecto con el se lo representa en el mapa.

            El lecho de los ríos suele estar formado por pedruscos y arena. La arena de la orilla puede estar firme cuando está seca, pero cuando la cubre el agua puede tornarse en arena movediza. El agua del río arrastra a menudo grandes bloques de piedra cuyos choques con las piedras del fondo son audibles desde la orilla.

            El hecho de que en los mapas figure un camino que lo atraviesa no siempre significa que haya un puente, pues puede tratarse de un vado. Y puede ser un vado accesible al paso de personas o no, pues hay vados difíciles de cruzar a pie que se pueden cruzar a caballo o en vehículos todoterreno. Es el caso del caudaloso río Tungnaá entre el refugio Jökulheimar y la masa glaciar del Vatnajökull, que cruzamos en 2004 sobre un aparatoso vehículo especialmente preparado para moverse sobre el áspero terreno islandés. También puede ocurrir que el cruce sea posible en una estación del año y no en otra. Por ejemplo, un río helado que en invierno se puede cruzar a pie o en automóvil puede ser imposible de vadear en primavera o en verano. Los montañeros que recorren Kungsleden pueden hacerlo ora en invierno esquiando sobre los ríos y lagos helados, como hicimos nosotros en 2018 y 2022, ora en verano cruzando los ríos por puentes y los lagos mediante barcas, pero no en primavera. Un torrente equipado en verano con una pasarela de tablones de madera puede ser difícil de cruzar en invierno o al principio de la primavera si se le retiran dichos tablones para que no se los lleven los aludes del invierno o las crecidas por el deshielo de la primavera. Es el caso de un torrente que intentamos cruzar en 2018 para llegar por el Norte a la cabaña de Aula al pie del Mont Valier.

            Los meandros de los ríos son más peligrosos que los tramos rectos pues en ellos el flujo es más desigual: En la zona exterior (considerando como tal aquella en la que la orilla es cóncava) la corriente es mayor, el lecho está más profundo y la orilla puede estar socavada por la erosión que ejerce el agua al cambiar de dirección. En la zona interior (considerando como tal aquella en la que la orilla es convexa) la corriente es menor y el lecho está menos profundo porque tiende a haber cierto depósito de sedimentos.

            Los estrechamientos de los ríos son zonas de mucha corriente mientras que en los ensanchamientos el agua está más calmada. La pendiente del río también es importante. En las zonas con mucha pendiente la corriente es mayor, en tanto que en las zonas horizontales el agua tiende a distribuirse sobre una superficie mayor e incluso a repartirse entre diversos ramales, por lo que la profundidad del cauce es menor y el agua está más calmada.

            Por lo general es más fácil cruzar dos ríos antes de su confluencia que hacerlo cuando ya se han unido porque entonces la masa de agua a cruzar es la suma de los caudales de ambos.

            La naturaleza del lecho del río también es importante. Los lechos arenosos ofrecen una superficie homogénea sobre la que es fácil caminar, mientras que en los lechos pedregosos puede haber bloques resbaladizos por su forma redondeada o por estar recubiertos de algas.  

            Las zonas de bosque son problemáticas pues, si bien es cierto que un tronco caído sobre el cauce puede actuar como un puente natural (y lo mismo podría decirse de una maraña de troncos y ramas que formasen un dique de una orilla a la otra), también lo es que en esas zonas puede haber árboles y ramas sumergidos en los que, si una persona pierde el control y es arrastrada por el agua, puede quedar atrapada y sin poder liberarse, con el riesgo de morir por ahogamiento o hipotermia.

            Las recomendaciones concernientes al cruce de ríos y torrentes de montaña son las siguientes:

            Formarse para ello estudiando la teoría, representándose mentalmente la situación y si es posible, practicando en el medio natural las técnicas aprendidas.

Foto 1: El autor y Juan Ángel Gámez atraviesan el río Dumordo mediante la tirolina de Yulá

            Salvo en el caso de los pequeños riachuelos que se pueden cruzar sin ningún peligro, hay que hacer todo lo posible para evitar el cruce de los ríos y torrentes de montaña. Muchas veces es preferible hacer un largo rodeo si con ello se pueden cruzar por un puente o mediante alguna instalación artificial que facilite el cruce. En nuestra expedición de 1984 al Gasherbrum II, a la ida vadeamos el río Dumordo, lo cual nos costó tiempo y mucho dolor en los pies y las piernas, pero a la vuelta el río bajaba tan crecido por el deshielo que tuvimos que remontarlo caminando por su margen hasta llegar a un lugar llamado Yulá en donde había una célebre tirolina consistente en un largo cable con una polea de la que pendía una caja de madera con cabida para dos personas. Una expedición con muchos porteadores podía tardar varias horas en pasar de un lado al otro. Cuando volvimos a esta montaña en 1999 la tirolina de Yulá había sido sustituida por un puente. Otra tirolina famosa entre los montañeros es la que hay en la Patagonia al Este del Paso del Viento, para cruzar el torrente que baja del glaciar Río Túnel a la laguna Toro. En algunos lugares es posible contar con caballos, mulos o camellos bactrianos, animales que por ser más altos y fuertes que el ser humano pueden vadear ríos caudalosos que a una persona le costaría cruzar a pie.

            A veces la única solución posible es remontar el río hasta llegar al glaciar del que nace, ponerse los crampones y pasar al otro lado caminando sobre el hielo a una distancia prudencial de la cueva de la que brota el río. O también, sobre todo en las excursiones de primavera, aprovechar algún nevero que forme un puente sobre el torrente en cuestión, pero en tal caso hay que asegurarse de que la nieve sea suficientemente consistente, no vaya a ser que el puente se desmorone sobre el torrente al cargar nuestro peso sobre él.

            Si se sabe que el recorrido previsto incluye el cruce de cursos de agua de cierta importancia, puede valer la pena proveerse de calzado adecuado, de una pértiga o incluso (en casos extremos) de ropa específica para el cruce.

Foto 2: El autor cruza la confluencia de los ríos Mubuku y Bujuku en el Ruwenzori

            Cruzar un río o un torrente de montaña con los pies descalzos es muy peligroso. A los pocos instantes el dolor por el frío es insoportable y el sentido del tacto se altera considerablemente, lo que dificulta el caminar, lentifica el paso y facilita las caídas. Los pies pueden lastimarse por el contacto con las piedras del fondo o por los golpes con las piedras que arrastra la corriente. Una experiencia inolvidable…

Foto 3: Escarpines de neopreno

Las sandalias tipo «Teva» y similares que usan muchos montañeros para los refugios y momentos de descanso facilitan considerablemente el cruce y son preferibles a no llevar nada, pero no son la solución ideal porque no impiden los resbalones laterales, lo que puede acabar con la rotura de la sandalia o un esguince del tobillo (normalmente del ligamento peroneoastragalino). Seguramente las sandalias «cangrejeras» no son mucho mejores. En la experiencia del autor de esta revisión, una buena opción son los escarpines cerrados de neopreno como los que usan algunos piragüistas, porque son baratos, y pesan y abultan relativamente poco en el exterior de la mochila. Al ir los pies más protegidos es más fácil caminar por las rocas del fondo, por lo que el cruce es más rápido y menos doloroso. Las botas altas de goma tipo «katiuskas» o los pantalones de vadear como los que usan los pescadores de río son más aparatosos pero pueden estar justificados en algún caso. Ahora bien, si el sujeto se resbala y se cae, los pantalones de vadear se llenan de agua y dificultan de tal manera los movimientos que puede ser muy difícil evitar que el sujeto sea arrastrado por la corriente.

Foto 4: Enrique Guallart se ayuda con una pértiga para cruzar la confluencia de los ríos Mubuku y Bujuku en el Ruwenzori

            En cuanto a la pértiga, lo ideal según las fuentes consultadas sería un palo de unos dos metros y medio como la lanza o astia que usan los lugareños de las Islas Canarias o un Alpenstock como se usaba en Suiza en tiempos de mi abuelo. En la iconografía cristiana se representa siempre a San Cristóbal con la pértiga de esas características que usaba para vadear el río. En nuestra expedición de 1987 al Ruwenzori utilizamos palos largos de madera para movernos por las ciénagas y para ayudarnos en los cruces del río Mahoma y de la confluencia de los ríos Mubuku y Bujuku. El Mahoma lo cruzamos facilmente saltando de piedra en piedra pero para el cruce de la confluencia Mubuku-Bujuku tuvimos que descalzarnos y triscar sobre peñascos entre los que saltaba una considerable masa de agua. Ahora bien, como llevar un palo de ese tamaño a una expedición es poco realista, especialmente si acaba en punta de lanza porque puede ser tomado por un arma, una alternativa razonable es llevar uno o dos bastones de esquí. Si son telescópicos, hay que asegurarse de que soporten el peso al apoyarse sobre ellos de cara a la corriente.

            Es raro tener que llevar ropa específica para cruzar ríos y torrentes de montaña pero se sabe de un equipo británico cuyos miembros usaron trajes especiales de goma en previsión de los numerosos cursos de agua que tendrían que atravesar para cruzar Islandia de Oeste a Este en 1972 y algunos exploradores árticos utilizan trajes totalmente estancos para cruzar a nado los numerosos canales que se forman en primavera entre los hielos de la banquisa ártica.

            Casi todas las fuentes consultadas coinciden en que lo ideal para determinar por dónde hay que cruzar el río o torrente es otearlo desde un altozano que permita la visión de conjunto, lo cual puede ser más práctico que abrirse paso metro a metro entre la maleza de la orilla buscando un paso adecuado (una sucesión de piedras que sobresalgan del agua, un árbol caído o un conjunto de troncos y ramas que formen una especie de dique de una orilla a la otra).

Foto 5: El autor cruza un torrente de montaña en el Karakorum

            Si hay una sucesión de piedras que sobresalen del agua y no están demasiado distantes unas de otras, lo más sencillo es pasar a pie enjuto saltando de una piedra a otra. Es la situación más frecuente que encontramos en las montañas españolas. En tal caso hay que pensarse bien los movimientos y luego ejecutarlos con decisión y sin entretenerse porque es fácil perder el equilibrio, especialmente si las rocas están resbaladizas por estar recubiertas de musgos o algas. Los bastones de esquí pueden ser útiles para mantener el equilibrio.

            A veces vale la pena no saltar de piedra en piedra con el peligro de resbalarse sino caminar por el agua si el nivel de ésta es inferior a la altura de la bota. Si están en buenas condiciones, las botas de alta montaña (tanto las de plástico como las de cuero) son estancas y no calan. Supuestamente lo mismo debería pasar con las botas «de trekking» que llevan Goretex. Si el nivel del agua es superior a la altura de la bota, las polainas pueden reducir —pero no evitar totalmente— la entrada de agua en las botas según una de las fuentes consultadas, lo cual a mi entender sólo es aceptable si la inmersión es brevísima pues de lo contrario el agua no tarda más que unos pocos segundos en entrar.  

            Atención a los árboles caídos, porque las suelas de goma tipo «Vibram» se resbalan sobre la madera mojada y es fácil caer al agua. Si son dos los troncos es más fácil mantener el equilibrio, por ejemplo apoyando los pies en un tronco y estabilizándose con las manos en el otro. Es posible que este problema de las suelas actuales de goma sobre la madera mojada no lo tuvieran las botas claveteadas que se usaban antaño pero no lo sabemos con seguridad. Si la madera está muy resbaladiza puede ser conveniente ponerse los crampones. En caso de duda puede ser preferible pasar sobre el tronco a horcajadas si con eso uno se siente más seguro pero, salvo que el tronco haya sido limpiado por alguien que lo haya utilizado para cruzar el río previamente, lo más normal es que esté lleno de ramas e irregularidades que pueden hacer el paso a horcajadas muy difícil o imposible.

            Lo de valerse para el cruce de una maraña de troncos y ramas que forma un dique entre las dos orillas se cita sólo en una de las fuentes consultadas.

            Si finalmente no queda más remedio que vadear el curso de agua, lo mejor es hacerlo por un lugar en donde éste sea poco profundo y lleve poca corriente. No debe subestimarse jamás la fuerza que puede ejercer el agua en movimiento sobre el cuerpo humano. La fuerza de la corriente aumenta con el cuadrado de la velocidad. Es decir, si la velocidad del agua se duplica, la fuerza que ejerce sobre el cuerpo se multiplica por cuatro; y si se triplica se multiplica por nueve. Toda corriente que al chocar con los miembros inferiores bulle por encima de las rodillas se considera peligrosa porque puede hacer caer a una persona y arrastrarla. Son preferibles las zonas relativamente horizontales en las que el río tiende a repartirse entre diversos ramales porque en ellos la corriente es más lenta y el cauce menos profundo. Evitar los meandros y dar preferencia a los tramos rectos porque en ellos la corriente y la profundidad son más homogéneas (vide supra). Si hay que cruzar por un remanso tras una cascada o una zona de rápidos, lo mejor es hacerlo lo más lejos posible de éstos para evitar las turbulencias. Atención a los suelos de arena próximos a los torrentes glaciares porque puede tratarse de arenas movedizas. Por supuesto —casi huelga el decirlo— hay que hacer todo lo posible para no cruzar un río inmediatamente por encima de una catarata, no vaya a ser que en caso de perder el equilibrio y ser arrastrado por el agua acabe uno precipitándose por ella.

Foto 6: El autor salva de un salto el torrente Horcones Superior

            A veces, sin embargo, es mejor cruzar el curso de agua por un estrechamiento si sus márgenes están lo suficientemente próximos como para salvar la distancia de un salto; pero en tal caso hay que asegurarse bien de poder llegar al otro lado, porque una caída al agua sería muy peligrosa debido a la fuerza y turbulencia de la corriente. En nuestra ascensión al Aconcagua en 1985, al llegar a Confluencia aprovechamos un estrechamiento entre dos peñascos para cruzar de un salto el río que baja de la vertiente meridional de esta montaña. Saltamos sin las mochilas y nos las pasamos de un lado al otro con la cuerda.

            Un torrente que a primera hora de la mañana ha sido fácil de vadear puede ser un auténtico problema al tratar de cruzarlo por la tarde al regreso de la ascensión. En tal caso, antes que exponerse a un cruce peligroso puede valer la pena acampar y esperarse a cruzarlo a la mañana siguiente cuando el caudal sea menor. Esto ocurre sobre todo en aquellos torrentes cuyo caudal oscila según el deshielo de nieves o glaciares, pero puede haber otros lugares en donde ocurra lo contrario. En nuestra ascensión de 1979 al Ben Nevis tuvimos que descalzarnos para cruzar a las 9 h el torrente que hay delante del albergue juvenil pero ese mismo torrente llevaba menos agua a las 16:20 h cuando regresábamos de la cima y pudimos cruzarlo sin descalzarnos. Volvimos a subir el Ben Nevis en 2007 y esta vez encontramos un puente que nos ahorró esta preocupación.

Foto 7: Calcetines «Seal Skinz»

            Como se ha comentado anteriormente, vadear un río o un torrente con los pies descalzos puede ser muy problemático. En tal caso, si no se lleva calzado específico para esta función (vide supra), varias fuentes recomiendan hacerlo con el calzado de montaña puesto pero sin calcetines, con objeto de proteger los pies de los golpes y roces durante el cruce y luego tener los calcetines secos. Es posible que ésta sea la solución menos mala, pero tiene sus inconvenientes. Si el calzado de montaña es de plástico no hay mucho que objetar puesto que ni el plástico de la carcasa ni el botín interior de alveolite absorben agua, por lo que tardarán poco en secarse. Pero, si el calzado es de cuero y además lleva algún tipo de forro o acolchado, puede tardar mucho en secarse, lo que significa que, tras el cruce del curso de agua, el sujeto tendrá que reemprender la marcha con las botas mojadas y puede acabar con llagas y rozaduras en los pies por estar éstos macerados por la humedad. Si el cruce es rápido y el sujeto va a tener los pies pocos instantes bajo el agua, las polainas son útiles porque reducen la entrada de agua al interior de las botas. Ninguna de las fuentes consultadas menciona la posible utilidad de los calcetines tipo «Sealskinz». Sin embargo, en nuestra experiencia de varias expediciones largas en kayak por el Norte de Europa (Escocia, Noruega, Suecia, Finlandia y Polonia) hemos constatado sin lugar a dudas que estos calcetines, si bien no son totalmente impermeables como reza la propaganda, mantienen el calor de los pies de modo similar a como lo harían unos calcetines de neopreno con la diferencia de que cuando están secos son transpirables, mientras que el neopreno no lo es.

            A la hora de vadear un río es deseable hacerlo con el mínimo posible de ropa y conservar ésta seca porque tras el cruce hará falta abrigarse. Si el agua está muy fría puede tener sentido llevar puesto un pantalón pegado a la piel del tipo mallas o leotardos porque reduce algo la pérdida de calor. En cambio un pantalón holgado apenas ofrece esa ventaja y aumenta la resistencia al movimiento de las piernas. Si ha de mojarse, lo mejor es un pantalón de poliéster porque absorbe menos agua que el algodón o la lana y tarda menos en secarse. Indudablemente lo que más protege sería un pantalón de neopreno como los que llevan los buzos, pero esto es implanteable salvo en casos excepcionales. Protegerse del frío durante la travesía de un curso de agua tiene su importancia, pero aún la tiene mucho más el poder disponer de ropa seca después de la travesía para poder abrigarse, pues reanudar la marcha con la ropa mojada es exponerse a la hipotermia.

            Antes de meterse en el agua hay que soltar las hebillas de las cinchas pectoral y pélvica de la mochila para poder desprenderse de ésta fácilmente en caso necesario. Al parecer también se ha recomendado (la fuente consultada no aclara por quién) llevar sólo un tirante de la mochila pasado por el hombro por la misma razón, pero ésto sería peor porque aumenta la inestabilidad al llevar el peso desequilibrado.

            Si hay que vadear un curso de agua de cierta importancia (es decir, no un riachuelo inofensivo) lo mejor es hacerlo siempre de cara a la corriente, con las piernas algo separadas y apoyándose hacia adelante en la pértiga para formar una especie de triángulo. Nunca hay que darle la espalda a la corriente porque la fuerza del agua actuando sobre las corvas podría doblar las rodillas y hacer caer al sujeto. El sujeto se desplazará lateralmente, moviendo sólo una de las patas del triángulo cada vez (una pierna, la otra y la pértiga) y procurando no juntar demasiado las piernas. Si son dos los sujetos, el primero lo hará apoyándose en la pértiga como se ha indicado y el segundo irá detrás de él (es decir, dando también la cara a la corriente) apoyándose con los brazos en los hombros del primero. Si hay un tercero lo hará apoyándose en los hombros del segundo, y así sucesivamente formando una hilera. Este método es bastante intuitivo y hay quien lo denomina «de la conga» porque recuerda un baile popular que estuvo de moda entre los jóvenes hace varias décadas. La clave está en coordinar bien los movimientos de la hilera de modo que todos los sujetos avancen de lado dando siempre la cara a la corriente y dándose apoyo unos a otros. Hay otro procedimiento que también se ha recomendado y es que, cuando son dos los sujetos y no se dispone de pértiga, ambos se meten en el agua enfrentados el uno al otro, agarrados mutuamente por los hombros, con las piernas abiertas para darse estabilidad y presentando un costado a la corriente. Este método es menos intuitivo y tiene el inconveniente de que uno de los dos sujetos tiene que caminar hacia atrás, con el consiguiente riesgo de tropezar y caer. Ambos sujetos tienen que presentar siempre el costado a la corriente, pues si uno de ellos se pone de frente a la corriente obliga al otro a darle la espalda a la corriente, lo que aumenta el peligro de que la fuerza del agua le haga doblar las rodillas y caer al agua. Si son tres los sujetos, dos de ellos se colocarán como se ha dicho y el tercero (idealmente el más fuerte de los tres) se colocará agarrado a ellos y de cara a la corriente. Al igual que en el método de la conga, la clave está en coordinar bien los movimientos de modo que el conjunto de los tres sujetos se desplace como un todo dándose apoyo entre sí. Una variante del método de la conga cuando son varios sujetos es que no formen una hilera sino que se agrupen en forma de punta de flecha: el primero de cara a la corriente y apoyándose en la pértiga, detrás de él dos sujetos hombro con hombro que apoyan al primero, detrás de éstos tres sujetos hombro con hombro que apoyan a los dos anteriores y así sucesivamente. Esto es al menos lo que se describe en una de las fuentes consultadas, pero sospecho que debe de ser difícil de hacerlo en la realidad porque la propia irregularidad del lecho del río hace difícil lograr la coordinación de todos los sujetos.

            En tres de las fuentes consultadas (dos británicas y una canadiense) se describen maniobras de cuerda para el cruce de ríos y torrentes de montaña. Las tres fuentes coinciden en que es muy importante que el sujeto que cruza nunca esté físicamente sujeto a la cuerda, pues en caso de perder el equilibrio y quedar a merced de la corriente podría quedar atrapado bajo el agua y morir ahogado. Por lo tanto, el sujeto que cruza no debe ir jamás encordado con un nudo a su talabarte. En ambas fuentes británicas se recomienda que el sujeto que asegura desde la orilla no fije la cuerda a ningún anclaje sino que la sujete con las manos (aseguramiento al hombro a la manera tradicional) para tener movilidad en caso necesario y que el sujeto que cruza lo haga con una gaza o bucle de cuerda en torno al cuerpo a la altura de las axilas, lo suficientemente holgado como para poder salirse de él en caso necesario. En la fuente canadiente se admite que la cuerda esté fijada a un anclaje en la orilla pero entonces el otro extremo debe quedar totalmente libre de manera que el sujeto que cruza lo pueda agarrar con las manos y soltarlo en caso necesario. Esta insistencia en que el sujeto nunca pueda quedar bloqueado por la cuerda parece ser muy importante.

            El sujeto que asegura desde la orilla se colocará río arriba, el que cruza río abajo y la cuerda que los separa será (obviamente) al menos tan larga como la anchura del río que se pretende vadear. Si hay un tercer sujeto y la longitud de la cuerda lo permite, el primero asegura desde arriba, el segundo cruza al otro lado con un bucle de cuerda en torno a su cuerpo y el tercero se coloca todavía más abajo que el que cruza, sujetando la cuerda con sus manos como se ha dicho. De este modo el sujeto que cruza lo hace asegurado en forma de V por sus compañeros. Si perdiera el control y quedase a merced del agua, el sujeto que asegura desde arriba le podría ir dando cuerda y el que asegura desde abajo iría cobrándola para atraerlo a la orilla.

            Llegado el segundo sujeto a la otra orilla, se soltará del bucle y agarrará el extremo inferior de la cuerda, pero a partir de aquí hay dos posibilidades y cualquiera de ellas me parece igualmente aceptable. Una posibilidad es que el sujeto que ha cruzado remonte la margen del río para llegar a una posición río arriba y asegure desde ella al tercero tal y como se le ha asegurado a él, y la otra es que se coloque río abajo para asegurar desde allí al tercero. En este segundo caso el primer sujeto asegura desde la orilla inicial río arriba, el tercero cruza con el bucle de cuerda en torno a su cuerpo y el segundo sujeta la cuerda desde la otra orilla río abajo, presto a cobrarla para atraer al sujeto que cruza hacia su orilla en el caso de que perdiese el control.

            Finalmente falta sólo por cruzar el primer sujeto (es decir: el que aseguraba desde una posición río arriba en la orilla inicial). Obviamente, no hay más opción que asegurarlo desde la otra orilla desde una posición río arriba. Ahora bien, si son tres o más sujetos y se dispone de una cuerda al menos tan larga como cuatro veces la anchura del río, existe también la posibilidad de asegurarlo en forma de V; pero para eso hace falta que previamente se hayan atado los dos extremos de la cuerda formando un enorme anillo que se pueda manejar desde ambas orillas (recomendable) o bien que el cabo que falta pueda lanzarse desde una orilla a la otra (poco recomendable porque si el lanzamiento falla y la cuerda cae al agua puede quedar atrapada).

            Naturalmente, además del método descrito existe también la posibilidad de tender una cuerda fija entre las dos orillas y que todos los sujetos del grupo pasen agarrándose a ella a modo de pasamanos (a excepción del primero y el último, que pasan como se ha descrito).  Fue lo que hicimos en 2007 tras nuestra ascensión al Kasbek para vadear un torrente que bajaba del glaciar Guergueti. Lo ideal sería que este pasamanos no quedase totalmente perpendicular a la corriente sino ligeramente en diagonal de tal manera que la fuerza del agua empujase a los sujetos en la dirección deseada. En principio no hay que pasar por esta cuerda ningún mosquetón atado al talabarte. Sí es aceptable, en cambio, pasar un mosquetón unido a un cordino que se sujete con las manos. Recuérdese la insistencia de todos los autores de que los sujetos no deben quedar fijados a la cuerda en ningún momento.

            A primera vista podría parecer que las maniobras de cuerda descritas son complejas y difíciles de aprender. No es así. Son más intuitivas de lo que parecen pero es importante que todos los miembros del grupo las repasen cuidadosamente antes de entrar en el agua porque luego con el fragor de la corriente no es momento para dar explicaciones ni para hacer improvisaciones. Como siempre, la mejor medida de seguridad es el conocimiento.

Foto 8: Catarata Tississat

            Si no se hace pie, cruzar el río a nado es una opción a considerar. En nuestra expedición de 2019 a las montañas de Etiopía vimos a un turista atravesar a nado el río Nilo a cosa de medio kilómetro por encima de la catarata Tississat. Esto sólo es aceptable si el nadador es lo suficientemente bueno y la corriente lo suficientemente lenta como para tener la certeza de poder llegar a la otra orilla antes de que sea demasiado tarde (cuidado con las cataratas, con los enmarañamientos de troncos y ramas, y con cualquier otro peligro que pueda haber río abajo). Por poca corriente que haya, lo normal es llegar a la otra orilla bastante lejos de donde comenzó el cruce. Se nada sin mochila y el problema consiste en cómo transportar el equipaje. Hay que aguzar el ingenio para conseguir que la mochila flote. Esto puede lograrse mediante diferentes procedimientos de fortuna pero lo más práctico es meterla en una gran bolsa estanca como las que se llevan para proteger el equipaje en las canoas y kayaks. El sujeto nadará unido a esa bolsa mediante un cordino o bien primero pasará él a nado y luego sus compañeros le harán llegar las mochilas atadas a la cuerda. Otra opción si se tiene previsto que no se puede cruzar a pie es llevar una balsa hinchable ligera y barata de las llamadas popularmente «de los chinos», que viene a pesar menos de cinco kilos y puede transportar dos personas con sus correspondientes mochilas. Una sola balsa puede servir para todo un grupo puesto que se la lleva de una orilla a la otra tirando de la cuerda. Atención a dónde se sujeta ésta, pues las asas de plástico que llevan estas balsas suelen ser demasiado frágiles. Es preferible atar la cuerda a la «línea de vida» de la balsa para repartir así mejor la tracción. La balsa puede quedarse junto a la otra orilla en espera de volver a utilizarla al regreso pero en tal caso hay que protegerla convenientemente para que no sufra desperfectos. En las montañas de Norteamérica los puercoespines (Erethizon dorsatum) gustan de masticar el plástico con el que están fabricadas esas balsas, lo que las hace inservibles. Una alternativa a la balsa hinchable es una balsa de troncos a la manera tradicional (es decir, una almadía), lo cual queda muy bien para las películas de aventuras pero en la práctica es muy poco operativo. La balsa de troncos es muy laboriosa de construir y no es más fácil de manejar que una balsa hinchable.  

            Una vez más es oportuno insistir en que el cruce de los ríos y torrentes de montaña es una actividad muy peligrosa que conviene evitar a toda costa. Sólo debe intentarse si no existe ninguna opción mejor.

            Ninguna de las siete fuentes consultadas toca el tema de los torrentes que se forman en la superficie de los glaciares. Tampoco se menciona esta interesante cuestión en el libro «Glacier travel and crevasse rescue» de Andy Shelters ni en «Glaciares de los Alpes» de Robert C. Bachmann. A falta de referencias bibliográficas adecuadas, las notas que siguen son fruto de mi experiencia personal.

Foto 9: Uno de los yaks de nuestra expedición al Everest atraviesa un torrente del glaciar de Khumbu

            Normalmente no suele haber torrentes en las partes nevadas de los glaciares, pero sí los hay en la zona de ablación. La fusión del hielo da lugar a pequeños riachuelos que corren sobre la superficie del glaciar. Conforme esos riachuelos se van uniendo unos con otros van formando torrentes cada vez más anchos y caudalosos, a menudo de curso sinuoso y régimen muy rápido y turbulento. Los más estrechos se pueden salvar de una zancada pero los anchos son imposibles de atravesar. Como cabe suponer, el agua de esos torrentes está sumamente fría, apenas por encima del punto de congelación. Algunos de esos torrentes llegan hasta el final de la lengua del glaciar pero muchos otros acaban en enormes y siniestros pozos («molinos de glaciar») en los que el agua se precipita al interior de la masa de hielo. El montañero que camina por la zona de ablación del glaciar puede acabar bloqueado en su progresión por la confluencia de enormes torrentes que le cierran el paso. En tal caso no le queda otro remedio que regresar por donde vino y tratar de encontrar un trayecto más adecuado. Salvo aquéllos que se pueden atravesar de una zancada, los torrentes de los glaciares son extraordinariamente peligrosos por la fuerza de la corriente, por la temperatura del agua y por el hecho de que muchos de ellos acaban en profundos pozos en los que una caída es indefectiblemente mortal. Sólo en casos absolutamente excepcionales hay que arriesgarse a cruzarlos. ¡Es muy fácil perder la vida!

            En nuestra expedición de 1991 al Everest tuvimos que atravesar  una zona del glaciar de Khumbu por la que corrían dichos torrentes. He aquí cómo lo describe Paco López en el capítulo que escribió para el libro «Everest 91. València al sostre del món»8:

            «La última etapa es muy dura. Desde Gorak Shep hasta el Campamento Base el camino se destruye de una temporada a otra. Somos la primera expedición que pasa por allí después del monzón y avanzamos en busca de un camino transitable. Ya estamos sobre el glaciar, cubierto de piedras. De vez en cuando pasamos junto a profundas simas heladas. Por el fondo corren las aguas impetuosas de la fusión del glaciar, casi siempre escondidas bajo el hielo. Junto a estos brazos de río descubierto se forman unas empinadas pendientes de hielo muy resbaladizo. En algunas ocasiones debemos acercarnos hasta el borde. Lo hacemos con sumo cuidado. Si cayésemos dentro, la corriente nos arrastraría hacia su curso subterráneo. En algunas ocasiones debemos saltar sobre cursos de agua que corre por la superficie cerrándonos el paso. Los yaks cruzan a pie y a veces su enorme peso no es suficiente para soportar la fuerza de la corriente y deben ser ayudados por los arrieros. A lo largo del camino nos vemos obligados a dar largos rodeos para sortear los campos de penitentes que cierran el paso: se trata de unas enormes agujas de hielo que deben su forma a la fusión desigual. Afloran entre las piedras por grupos, formando anchos frentes. Algunos de estos penitentes miden varias decenas de metros de altura».

            En nuestra expedición de 1999 al Gasherbrum II nos vimos en la necesidad de cruzar uno de esos torrentes glaciares. La experiencia quedó reflejada de esta forma en unos de los capítulos que escribí para el libro «Gasherbrum II. Expedició Cinc Segles de la Universitat de València»9:

            «Esa tarde aún seguimos caminando por el glaciar Baltoro Superior. Un torrente glaciar bastante caudaloso corría por su superficie. Sus dos márgenes estaban a diferente altura. Para atravesarlo, los porteadores de las distintas expediciones habían colocado una escalera muy rudimentaria a modo de puente. Estaba escorada hacia un lado y no ofrecía seguridad alguna. Si alguien hubiera caído al agua, la violencia de la corriente lo habría hecho desaparecer de nuestra vista en cuestión de instantes. La temperatura del agua estaba próxima a los 0ºC, lo que significa la muerte por hipotermia en minutos. A pesar del evidente riesgo, especialmente para los porteadores, nadie bajó encordado y no tuvimos noticia de que se hubiera producido ninguna desgracia entre las expediciones que habían pasado por allí».

            En el libro mencionado figura una fotografía de Paco Aguado en la que se ve a Carlos Tudela atravesando el torrente en cuestión. En este artículo, en cambio, se muestra la que le hice a Rosa Real en la misma situación. Debía de tener unos ocho metros de anchura y unos cuatro metros de desnivel entre ambas márgenes.

Foto 10: Rosa Real atraviesa un caudaloso torrente del glaciar Baltoro Superior en el Karakorum

            Luego en la marcha de retorno vimos un molino de glaciar:

            «Esa tarde la caminata fue larga. Primero hicimos varios kilómetros por la superficie del glaciar Gondogoro. Dejamos atrás el Lila Peak, cuya cima quedaba en ocasiones oculta por las nubes. Cerca de su base pasamos junto a un molino de glaciar, es decir, un enorme pozo en forma de embudo en el que se precipita tumultuosamente el agua de un torrente glacial de cierto caudal. Contemplamos este interesante fenómeno geológico procurando no acercarnos demasiado a los resbaladizos bordes del embudo para no caer al pozo y ser engullidos por el glaciar (el mero hecho de pensar en ello ya produce cierto estremecimiento)».

Bibliografía

  1. Peters E (director). «Mountaineering. The freedom of the hills». Cuarta edición. The Mountaineers. Seattle 1982; 108-111.
  2. Escritt T. «Iceland. A handbook for expeditions». The Iceland Information Centre. Segunda edición, Londres 1986; 151-156.
  3. Murcia Aguilera M. «Prevención, seguridad y autorrescate en montaña». Desnivel. Madrid 1996; 55.
  4. Morton K. «Planning a wilderness trip in Canada and Alaska». Rocky Mountain Books. Calgary 1997; 304-313.
  5. Hill P, Johnston S.  «The mountain skills training handbook». David & Charles. 2004; 15-18.
  6. «Le guide de la montagne». Editions Guérin. Chamonix 2007; 113-114. Versión francesa de: Cox ST, Fulsaas K (directores). «Mountaineering. The freedom of the hills». Séptima edición. The Mountaineers books. Seattle 2003.
  7. Linxweiler E, Maude M (directores). «Mountaineering. The freedom of the hills». Novena edición. Mountaineers books. Seattle 2017; 136-137.
  8. Amigo V, Botella J, García M, Gómez JC, Grifoll JV, López F, Pérez C, Vidaurre R. «Everest’91 8.848 m. València al sostre del món». Generalitat Valenciana y Centre Excursionista de València. Valencia 1992; 87.
  9. Real Soriano R, Botella de Maglia J (directores). «Gasherbrum II. Expedición Cinc Segles de la Universitat de València». Universitat de València 2001; 58 y 110.                   
Peters E (director). «Mountaineering. The freedom of the hills». Cuarta edición. The Mountaineers. Seattle 1982; 108-111.
Morton K. «Planning a wilderness trip in Canada and Alaska». Rocky Mountain Books. Calgary 1997; 304-313.
Linxweiler E, Maude M (directores). «Mountaineering. The freedom of the hills». Novena edición. Mountaineers books. Seattle 2017; 136-137.
Escritt T. «Iceland. A handbook for expeditions». The Iceland Information Centre. Segunda edición, Londres 1986; 151-156.
Hill P, Johnston S.  «The mountain skills training handbook». David & Charles. 2004; 15-18.
Amigo V, Botella J, García M, Gómez JC, Grifoll JV, López F, Pérez C, Vidaurre R. «Everest’91 8.848 m. València al sostre del món». Generalitat Valenciana y Centre Excursionista de València. Valencia 1992; 87.
Murcia Aguilera M. «Prevención, seguridad y autorrescate en montaña». Desnivel. Madrid 1996; 55.
«Le guide de la montagne». Editions Guérin. Chamonix 2007; 113-114. Versión francesa de: Cox ST, Fulsaas K (directores). «Mountaineering. The freedom of the hills». Séptima edición. The Mountaineers books. Seattle 2003
Real Soriano R, Botella de Maglia J (directores). «Gasherbrum II. Expedición Cinc Segles de la Universitat de València». Universitat de València 2001; 58 y 110.                   
3 comentarios en «Cruce de ríos y torrentes de montaña»
  1. Impressionant treball de recopilació de diferents tècniques, que a alguns els farà recordar quan a Pirineus, Pics d’Europa, Gredos, era necessari travessar torrents i rierols per a poder accedir als seus cims o realitzar algunes travessies.
    Gràcies Javier per aquest treball

  2. Gracias Javier, espléndido escrito sobre el tema me sera de gran ayuda, vivo en la orilla del rio Júcar en un pueblo de Albacete y la mayor dificultad que he pasado fue en el Sistema de la Vega atravesamos el curso de un rio a nado con corriente y apenas luz pues estábamos bajo tierra haciendo una travesía espeleologica, el agua muy fría y el cauce bastante ancho pasé mucho miedo y sin linea de vida algo temerario o bastante por nuestra parte íbamos tres personas y tardamos 11 horas en recorrer km y medio bajo tierra, meandro en oposición, gateras, salas de grandes como plazas de toros una de las entradas a la cavidad por la cual accedimos a la sima son 60 o 70 metros para abajo a oscuras, es una cavidad espectacular y el curso de agua que fluye por ahí debajo también, muy peligroso, afortunadamente mis dos compañeros Félix Mares y Paco Vergara eran gente muy avezada y nos desenvolvimos bien en todas las situaciones, hacer un meandro en S durante muchos metros abierto de pies y manos es agotador y claustrofobico pero lo mejor como siempre fueron las cervezas en el bar comentamdo las situaciones que acabábamos de pasar, Salud y Montaña Javier.

    1. Víctor Javier: Celebro que el artículo haya sido de tu agrado. Lo que relatas de tu experiencia en el Sistema de la Vega es impresionante. Comprendo que pasaras miedo; lo contrario indicaría que careces de la capacidad de percibir el peligro, lo cual no es bueno. La espeleología con ríos y lagos subterráneos es una auténtica aventura, y el espeleobuceo una actividad muy peligrosa, pues tiene una mortalidad altísima. El riesgo 0 no existe en ninguna actividad humana. Lo importante es formarse bien, informarse sobre la actividad a realizar y asumir responsablemente los riesgos que estamos dispuestos a aceptar. ¡Buena suerte, mucha ilusión y mucho entusiasmo!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *