APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA ESCALADA Y EL ALPINISMO (IV) – Los conquistadores de lo inútil

Los conquistadores de lo inútil “A través de estas ascensiones os he vuelto a encontrar...

Los conquistadores de lo inútil

“A través de estas ascensiones os he vuelto a encontrar a todos, compañeros míos de esta bella aventura. Juntos hemos padecido sobre las morrenas o tiritado durante los vivaques; el sol nos ha calentado y luego quemado; el viento, acariciado y luego azotado. Nos hemos desollado contra el granito y nuestras rodillas se han ‘cascado’ en el descenso de las pedreras. Juntos hemos experimentado y compartido la zozobra, la incertidumbre y el temor. Pero también hemos descubierto allá arriba el fondo de nosotros mismos, con tanta vida, tanto ardor, y tanta fuerza almacenados. Todo lo que puede procurar una alegría sólida, firme, profunda, estaba en nosotros, y lo habíamos ignorado”. El montañero aprendiz. Gaston Rébuffat, 1946.

Con la eclosión de la Gran Alemania parece que los alpinistas germanos se contagian del fervor patriótico que en un principio parecía transmitir el III Reich. Con el declive de la Escuela de Munich, la nueva generación de alpinistas alemanes se reparte por otras partes del país. Tras la gesta de los hermanos Schmid en la norte del Cervino, quedaban los otros dos “problemas de los Alpes”, y los más difíciles: la norte del Eiger (Eigerwand) y la norte de las Grandes Jorasses (Punta Walker); y fue esta nueva generación alemana la que se arrogó el deber de ofrecer a la nueva Alemania una de ellas, la Eigerwand.

Numerosas cordadas, la mayoría alemanas, se lanzaron a la conquista de la temible pared pero una tras otra fueron rechazadas en la zona de la Roca Roja (Rote Fluh), lugar en el que una placa lisa se interponía en su camino.

En julio de 1936, dos poderosas cordadas coinciden en la base de la pared. De una parte los austriacos Edi Rainer y Willi Angerer, y junto a ellos, los bávaros Andreas Hinterstoisser (1914-1936) y Toni Kurz (1913-1936). Estos últimos, amigos desde la infancia, compartían un historial inconcebible para su corta edad (ambos 23 años), entre otras escaladas, la sur directa del Watzmann.

Interstoisser (dcha) y Kurz

Su progresión es vertiginosa, se les ve el primer día llegar hasta la “Rote Fluh”. Es justo allí donde está el paso clave: una losa lisa y vertical de 40 metros de largo. El joven y valiente Hinterstoisser se lanza decidido, y tras varios intentos consigue superarla y anclar la cuerda al otro lado para que sus compañeros la utilicen como pasamanos.

Una vez superado el paso cometen el enorme error de retirar la cuerda, lo que les impediría una eventual retirada. Tras cuatro dramáticos días en la pared, en medio de la tempestad y de constantes avalanchas, durante los cuales son Kurz e Hinterstoisser los que llevan la iniciativa, los alpinistas van dejando la vida: Rainer y Angerer, víctimas de las caídas de piedras, Hinterstoisser despeñado al intentar su travesía en sentido inverso pero totalmente tapizada de hielo, y Kurz, colgando de la cuerda tras un angustioso intento de rescate.

Las consecuencias de esta tragedia fueron numerosas y de diversa índole. De un lado, la propaganda hitleriana aprovechó para capitalizar “el valor y el sacrificio de los alemanes en aras de conseguir nuevas victorias para el III Reich”; en el mundo del alpinismo la consternación fue general ya que estas muertes pasaban a engrosar una larga lista de escaladores caídos en la Eigerwand; y la tercera consecuencia fue la determinación, por si le quedaba alguna duda, de otro gran alpinista alemán, Anderl Heckmair (1906-2005), de acometer tan nefasta escalada. Una vez más, los alemanes iban a desafiar la cara norte del Ogro (Eiger).

Andreas (Anderl) Heckmair creció en un orfanato. Tras la crisis económica de la Alemania postbélica, la escalada representó para él un modo de olvidar la miseria y huir de la realidad. Antes de enfrentarse al Eiger, abrió numerosas vías de gran compromiso en los Alpes. Para ello viajaba en bicicleta desde Baviera a Italia y Suiza. Participó en expediciones a los Andes e Himalaya y trabajó como guía en Baviera. Murió a los 98 años, tras una brevísima enfermedad, pese a haber sido fumador empedernido y bebedor de grapa y cerveza: “Escalar es la única experiencia que realmente cuenta”, escribió.

Harrer, Kasparek, Heckmair y Vörg, tras la primera a la Eigerwand

El 19 de julio de 1938 Heckmair y Viggerl (Ludwig) Vörg, ambos bávaros, abordaron la pared norte del Eiger. Al llegar al primer vivac, “el agujero mojado”, se encontraron dos mochilas, eran de Heinrich Harrer y Fritz Kasparek, vieneses que también atacaban la pared con otros dos austriacos. Tras retirarse esta segunda cordada, Heckmair y Vörg salieron decididos y gracias a sus crampones de 12 puntas (que se utilizaban por primera vez) escalaron rapidísimos, alcanzando a Harrer y Kasparek entre el segundo y el tercer nevero, donde ambas cordadas se unieron. Llegados al límite superior del tercer nevero, remontaron una rampa empinada, donde nadie había llegado antes que ellos. Tras superar una empinada repisa (la Travesía de los Dioses), tuvieron que ascender por un pequeño nevero helado (la Araña Blanca). Ya inmersos en el mal tiempo, Heckmair y Vörg salieron indemnes de una avalancha, que les arrastró, no pudiendo reemprender la escalada hasta la tarde. Prepararon el segundo vivac (tercero para los vieneses). Heckmair iba siempre en cabeza, resistiendo una avalancha tras otra. En las llamadas Chimeneas de Salida, resbaló en una placa de hielo, siendo retenido por Vörg tras unos metros de caída. Prosiguieron casi a ciegas, entre la niebla y la ventisca, hasta que llegaron a la cumbre. Era el 24 de julio de 1938. Nadie había escalado nunca esa pared y ocho escaladores habían perdido la vida. Heckmair dijo: “No escalé el Eiger para obtener prestigio o gloria, sino por la emoción que pudiera proporcionarme”.

La Eigerwand con la ruta de Heckmair

Aunque el protagonista de la escalada fue Heckmair, con los años fue Heinrich Harrer (1912-2006), la verdadera estrella del grupo gracias a sus relevantes aventuras, escaladas y a sus libros. Nacido el 6 de julio de 1912 en Knappenberg (Alpes Corintios, Austria), Harrer estudió geografía en la universidad Kart Franzen de Graz. Empezó en la montaña trabajando como guía e instructor de esquí. Tras la escalada a la Eigerwand, escribió el libro La araña blanca, que unido a la enorme repercusión de la escalada, lo lanzó a la fama y le abrió las puertas del alpinismo expedicionario. Se casó con la hija del famoso astrofísico Alfred Wegener, hecho que aumentó, más si cabe, su popularidad. En 1939 llegó al Tíbet formando parte de una expedición al Nanga Parbat, finalizada la cual, fue hecho prisionero por los ingleses al haber estallado ya la Segunda Guerra Mundial. Tras 4 años en prisión consiguió escapar en compañía de Peter Aufschnaiter, llegando a Lhasa tras haber caminado 2.500 km. En la capital tibetana y gracias a una serie de acontecimientos, trabaron amistad con el propio Dalai Lama, de quien Harrer llegó a convertirse en consejero y tutor. La invasión china del Tíbet hizo que regresara a Alemania en 1952, en donde escribió su obra cumbre Siete años en el Tíbet, en la que relataba sus numerosas aventuras en aquel país. Su vida continuó por los mismos derroteros, realizando numerosas expediciones por Iberoamérica, Asia y Oceanía.

La montaña fue siempre su gran pasión, y ella le hizo valedor de numerosos galardones por parte de los gobiernos de Austria y Alemania, entre ellos la Medalla de Oro Humboldt, además de la condecoración Luz de la Verdad, del Gobierno Tibetano, galardón que le emocionó profundamente pues reconocía al Tíbet como su segunda patria. Murió el 7 de enero de 2006, a los 93 años.

Recogiendo el testigo de los grandes italianos Tissi, Soldà y Comici, aparece en escena un grande entre los grandes, Riccardo Cassin (1909-2009), sin duda uno de los mejores alpinistas de la historia. Nacido un 2 de enero, en Savorgnano di San Vito al Tagliamento (Udine), llegó a Lecco, al morir su padre, en busca de trabajo con 17 años y fue allí mismo, entre las montañas que rodean la ciudad, donde sintió esa irrefrenable llamada que alcanza a muchos, pero que muy pocos tienen el valor y las aptitudes para escucharla. De baja estatura y complexión corpulenta, Cassin parecía no temerle a nada. Con solo 20 años, escala la Aguja Angelina, en Grignetta y queda fascinado por la sensación del vacío bajo sus pies. En 1935, con Vittorio Ratti, afronta una de las paredes con las que empezó a forjar su propia leyenda: la cara norte de la Cima Oeste del Lavaredo, en los Dolomitas. Para entrenarse, habían repetido la vía Comici a la Civetta, pero inaugurando una salida más “diretta”. Se da la anécdota de que entraron en la vía a hurtadillas para adelantarse a los muniqueses Hans Hintermeier y Sepp Meindl.

“En la vertiente suiza del Pizzo Badile hay una cosa para ti: una pared de granito de 900 metros. Algunos la han observado, otros la han intentado, pero todos han desistido”. Poco más necesitaba el friüliano, sus ojos empezaron a brillar y el 12 de julio de 1937, pernoctaba en el refugio Sciora, al pie del Piz Badile, en compañía de los grandísimos Gino Esposito y Vittorio Ratti. El 14, a las cinco de la madrugada salen hacia la pared dos amigos de Cassin, procedentes de Como: Mario Molteni y Giuseppe Valsecchi, una cordada mucho menos potente que la de Cassin, y a las 8, los tres de Lecco. Los de Cassin adelantan como locomotoras a los de Como, que tras el primer vivac en pared, les piden unirse en una sola cordada. A pesar de saber que era una barbaridad, en una pared de esas dimensiones, Cassin acepta. La progresión, pese a todo, sigue rápida, pero a mitad de la segunda jornada, empiezan los problemas, una roca desprendida de la pared alcanza a Molteni, arrancándole la mochila con toda la ropa, equipo y sacos de dormir; y para completar el drama, la tempestad se desencadena durante el segundo vivac. La temperatura cae en picado. El 16 de julio, entre cataratas de agua, Cassin intenta acelerar, pero los de Como están al límite de sus fuerzas y para colmo, a mediodía el agua se convierte en nieve y hielo. Cassin se calza los crampones y alcanza la cumbre a las 16 h. Pero ya en la vertiente italiana, sobreviene la tragedia, bajando por la vía normal, Molteni y Valsecchi caen al suelo para ya no levantarse. Pese al drama de esta primera victoria, Cassin repetiría la vía en 1956, 1971 y 1987.

Cassin, Tizzoni y Exposito, descendiendo de la ‘primera’ al Espolón Walker

Pero sería un año más tarde, del 4 al 6 de agosto de 1938, cuando Riccardo Cassin escribiría su nombre con letras de oro en la historia del alpinismo al resolver el tercer último problema de los Alpes. En compañía de Ugo Tizzoni y Gino Exposito, afrontaron el formidable muro del Espolón Walker en la cara norte de las Grandes Jorasses. Dos vivacs muy duros sobre mínimas repisas y nombres como “el diedro de 90 metros”, “la travesía de los bancos de hielo” o “el desplome negro y helado”, jalonaron aquellos 1.200 metros de pared que alterna tramos absolutamente verticales con otros francamente desplomados.

El ambiente prebélico europeo, materializado en la guerra de España, vacía poco a poco las grandes paredes, de una u otra forma todo el mundo alpinístico se ve envuelto por la vorágine de la guerra.

Finalizado el conflicto, la pasión aventurera regresa. Los grandes alpinistas que han sobrevivido, vuelven a medirse con los mayores retos, y los que eran demasiado jóvenes al principio, se encuentran ya en plenitud física. Una nueva era de conquistas y desafíos comienza, y el protagonismo regresa al valle que vio nacer la pasión por el alpinismo. El macizo del Mt. Blanc.

Tras el período triste de la Segunda Guerra Mundial, pareció que la inspiración de los grandes alpinistas estallaba tras años de estar contenida a consecuencia de la irracionalidad humana.

En esta nueva etapa, marcada por la paz recién recuperada y la escasez, aparecen tres de los alpinistas más carismáticos y populares de la historia del alpinismo, los tres nacidos el mismo año y que al terminar la guerra contaban con 24 años, edad en la que los sueños se acompasan con el inicio de la plenitud física: Gaston Rebuffat (1921-1985), Lionel Terray (1921-1965) y Louis Lachenal (1921-1955); tres nombres en los que es difícil distinguir entre la leyenda y la realidad de sus hazañas montañeras.

Rebuffat y Terray se conocieron durante el verano de 1941, en la organización Jeunesse et Montagne, en la que los jóvenes prestaban una especie de servicio civil en tiempo de guerra. Terray dudaba de aquel marsellés en cuya cabeza bullían miles de proyectos de grandes escaladas, pese a lo cual entablaron una sólida amistad que les llevó a embarcarse en una difícil y peligrosa escalada: la primera a la cara NE del collado del Caimán, regresando por la Punta Lepiney y la arista sur de la Aiguille du Fou. De ella diría Terray posteriormente: Era evidente que ni Gaston ni yo teníamos suficiente experiencia como alpinistas, “pero el que vive tiene razón”, y nosotros sobrevivimos.

Terray y Rebuffat hicieron algunas escaladas notables juntos, pero las aspiraciones de Rebuffat, a la sazón instructor de montañismo, superaban las de Terray, por lo que el marsellés tuvo que buscarse otro compañero para afrontar nada menos que la cara norte de las Grandes Jorasses, el temible Espolón Walker. En compañía de Edouard Frendo, tras dos vivacs y cerca de tres días de durísima escalada, consiguieron la segunda escalada de la pared, tras la de Cassin, Tizzoni y Expósito. Rebuffat y Frendo lograban así la primera gran hazaña del alpinismo francés.

Gaston Rébuffat

El desplazamiento de las operaciones bélicas a la zona alpina ralentizó la actividad alpinística de Terray, que tras colaborar con el maquis, se incorporó a la Brigada de Alta Montaña, hasta que llegó el armisticio: “Durante el verano de 1945, mi destino cambió. El alpinismo que hasta entonces había sido la afición dominante de una vida aún sin definir, se convirtió en mi pasión, en mi tormento y en mi trabajo”.

Esa misma primavera, paseando por Annecy, Terray conoció al que sería su gran compañero, su sombra en las terroríficas escaladas que afrontaron desde muy pronto, era Louis Lachenal, el tercero de los más grandes del momento en el macizo del Mont Blanc. Ambos serían pronto conocidos como “las locomotoras de los Alpes”. Las “grandes courses” se fueron sucediendo sin interrupción: cara norte de la Aiguille Verte, segunda ascensión de la este del Moine, tercera a la Verte por el Nant Blanc…, hasta que inexorablemente llegó el momento de la Walker, siguiendo la estela de Rebuffat. Las locomotoras se habían puesto en marcha y ya eran imparables.

Lionel Terray y Louis Lachenal

El verano del 47, fue la norte del Eiger, el gran reto. Cada escalada era un drama, pero estas paredes no deparan otra cosa a los alpinistas. Tras el descenso, que estuvo a punto de ser más dramático que la escalada, Terray reflexionó así: “A partir de aquel momento, supe que la gloria solo consiste en titulares en los periódicos, copas en el aire y la alegría de algunos auténticos amigos. La Eigerwand ya no era más que un bello recuerdo. En las cimas luminosas nos esperaban nuevas aventuras y nuevos combates.”

Rebuffat, por su parte, cambiaba a menudo de compañero para sus grandes retos, que coincidían evidentemente con los de Terray y Lachenal: con Frendo a la Walker (como hemos visto); con Jean Bruneau, Paul Habran, Pierre Leroux y Guido Magnone, a la Eigerwand; con Gino Soldá a la norte de la Cima Grande de Lavaredo; con Konrad Kirch al Grand Capucin; con Christian Moller y Pierre Cretton, al pilar Bonatti del Dru… Todo ello sin olvidar su profesión de guía, gracias a la cual encadenaba actividades de menor nivel, una tras otra. Terray, Lachenal y Rebuffat constituyeron la generación de oro de la Compañía de Guías de Chamonix desde finales de los 40 a mediados de los 50.

Rebuffat en el macizo del Mt Blanc

Pero el destino volvería a tejer una cuerda para unir de nuevo a Terray y Rebuffat, esta vez con Biscante (Lachenal) como tercer miembro de la cordada: a finales de 1949, la Federación Francesa de Montaña entabló negociaciones con el gobierno de Nepal para obtener un permiso de escalada a un “ochomil”. El pico elegido fue el Annapurna (8.091 m) y el jefe de expedición, Maurice Herzog, que formó un equipo fuerte y compacto, añadiendo además de nuestros tres protagonistas, a Jean Couzy, del que hablaremos en otro capítulo, Marcel Schatz, Jacques Oudot (médico) y Marcel Ichac (cineasta). Tras una escalada de epopeya y un más que dramático descenso, el 3 de junio de 1950, Herzog y Lachenal consiguieron el primer 8.000 de la historia, pero el precio fue muy caro, a Lachenal le amputaron todos los dedos de los pies, lo que repercutió gravemente en su profesión de guía y le alejó de las grandes escaladas, y a Herzog, todos los dedos de las manos, pese a lo cual llegó años después a ser ministro de Cultura y Deporte de Francia.

Nada fue igual después del Annapurna, Herzog y Lachenal no volvieron a enfrentarse a las severas caras norte de los Alpes; Rebuffat continuó con su profesión de guía, llegando a ser uno de los más prestigiosos de la historia de la Compañía de Chamonix, a la que añadió la de escritor de éxito, con títulos como Hielo, nieve y roca (en el que descubrimos los Alpes muchos españoles), Las 100 mejores escaladas del Macizo del Mt Blanc, El aprendiz de montañero, La montaña es mi reino, Del Mt Blanc al Himalaya, etc.

Únicamente Lionel Terray continuó con el alpinismo al máximo nivel, en los Alpes y en otras cordilleras: alcanzó la cumbre del Fitz Roy, en la Patagonia, con Guido Magnone, en 1952; el 15 de mayo de 1955 la cumbre del temible Makalu (8.481 m), encordado con Jean Couzy; numerosas primeras en los Andes peruanos (entre ellas el Chacraraju (6.110 m), considerado el más difícil de los seismiles andinos y el Taulliraju (5.830 m)); Alcanzó la cumbre del Jannu (7.710 m), en 1962; dirigió en 1964, la expedición que alcanzó la cumbre del dificilísimo Monte Huntington (3.731 m), en Alaska; hasta que el 19 de septiembre de 1965, perdió la vida en una sencilla escalada en el macizo del Vercors (Grenoble), mientras acompañaba a unos principiantes.

Lachenal lo hizo el 25 de noviembre de 1955 en un estúpido accidente de esquí, al caer en una grieta mientras descendía el Valle Blanco, y Rebuffat, el 31 de mayo de 1985, en un hospital de París, víctima de un cáncer de pulmón. El que escribe estas líneas tuvo el honor de estrecharle la mano e intercambiar unas palabras con él en el verano de 1979, en el refugio de Argentiere.

La parca no quiso que ninguno de estos tres héroes imperecederos del alpinismo muriese durante alguna de esas escaladas que frecuentaron durante su vida, durante las que tantas veces habían rozado el momento supremo. Nunca fallaron ante una gran dificultad, con lo que estos tres nombres pasaron directamente a formar parte de la leyenda y del ideario romántico de todos los amantes del alpinismo.

“¡Ay, loco, para el que la felicidad solo estará en el deseo, goza al menos el instante presente, déjate abrumar por este instante único en el que, suspendido entre el cielo y la tierra, casi flotando en las caricias del viento, dominas el mundo! ¡Embriágate de cielo, que es lo único que detiene tu mirada! Bajo tus pies y hasta el infinito, emergiendo apenas del mar de nubes, a miles se elevan hacia ti flechas de roca y hielo…” (Lionel Terray: Los conquistadores de lo inútil).

Joan Grifoll

BIBLIOGRAFÍA

  • Hielo, nieve y roca (G. Rebuffat). Timun Mas, 1974
  • Los tres últimos problemas de los Alpes (A. Heckmair). Juventud, 1954
  • Héroes del alpinismo (P. Lazzarin y R. Mantovani). GeoPlaneta, 2008
  • Los conquistadores de lo inútil (L. Terray). RM, 1982
  • La montaña es mi reino (G. Rebuffat). Desnivel, 1999
  • Cuadernos del vértigo (L. Lachenal y G. Herzog). Desnivel, 2001
  • BLOG: El piolet de madera
  • mcnbiografias.com