Javier Botella de Maglia

La cinematografía de montaña no nació ayer. Los hermanos Lumière presentaron en público su primeras imágenes animadas en la última década del siglo XIX y en la tercera década del siglo XX había ya toda una plétora de películas de montaña, muchas de ellas de notable calidad técnica y artística. Transcurrida una centuria, el número de películas de montaña no ha hecho más que aumentar exponencialmente. El objetivo de la mayoría de ellas es documentar con pretensiones de fidelidad diversos aspectos de las montañas y entre ellos las actividades de los montañeros que las recorren. A título de ejemplos, dos documentales que me resultan muy próximos son «Everest 91. València al sostre del món» de Paco López, que describe nuestra expedición de 1991 a la montaña más alta de la Tierra, y «De València al cim Lenin» de Joanma Romero sobre nuestra expedición de 2015 a la más alta del Kirguistán. Hay también películas de montaña de ficción, algunas de las cuales han alcanzado fama por su calidad artística (por ejemplo «Horizontes perdidos» de Frank Capra o «Grito de piedra» de Werner Herzog) y otras simplemente por su espectacularidad a menudo acompañada de una flagrante carencia de verosimilitud («Máximo riesgo», «Límite vertical», etc.). Existen asimismo películas de montaña interpretadas por actores que tratan de reproducir con fidelidad historias reales, y entre éstas hay auténticas joyas tales como «Scott of the Antarctic» de Michael Balcon, «Dersú Uzalá» de Akira Kurosawa, «Tocando el vacío» de Kevin Macdonald y «Everest» de Baltasar Kormákur. Quiero decir con todo esto que la cinematografía de montaña no es un arte nuevo que necesite encontrar su sitio en el conjunto de la cultura actual sino una actividad bien asentada, con todo un riquísimo bagaje que se puede tomar como referencia a la hora de juzgar su evolución actual.

https://www.filmaffinity.com/
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Fuente de los carteles publicados: FilmAffinity

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Este artículo de crítica cinematográfica no se refiere a ninguna película ni a ningún autor en concreto, por lo que cualquier similitud con una película concreta o con un autor concreto debe verse como meramente casual. Con estas notas el autor pretende simplemente poner de manifiesto ciertas características de algunas obras cinematográficas actuales que le hacen preguntarse si estamos todavía dentro de lo que se considera arte cinematográfico. Los comentarios que siguen no tienen por qué corresponder a la misma película ni al mismo autor. Pueden estar tomados de películas y de autores diferentes.

Un autor se presenta ante la cámara y dice que se ha propuesto ascender una determinada montaña (el Khili-Khili, por ejemplo, para no citar ninguna montaña en particular), pero no dice en qué país se halla dicha montaña, a qué cordillera pertenece, cuál es su historia alpinística, cuáles son las características o dificultades que presenta su ascensión, por qué vía se ha propuesto ascenderla, qué técnicas va a usar, etc.

El autor en cuestión fija en su casco una cámara GoPro que le permite rodar imágenes durante la ascensión, pero se trata de imágenes bruscas, dirigidas aleatoriamente a cualquier dirección y sin ninguna técnica cinematográfica reconocible. El guion es inexistente. Los diálogos se reducen a frases cortas y de contenido banal, con predominio de ciertas interjecciones tal vez muy populares pero que pueden herir la sensibilidad de algunos espectadores. Me refiero al tipo de interjecciones que un párroco nunca pronunciaría desde el púlpito o a las que las empresas recomiendan a sus empleados no proferir en público para no dar mala imagen y perder clientela.

En un momento determinado el autor se expresa en plural, de lo que se deduce que va con otras personas, pero en ningún momento dice quiénes son sus compañeros. Si se trata de un olvido, esto significa que los desprecia. Si se trata de una omisión deliberada, esto significa que oculta a propósito sus nombres porque desea reservarse para sí mismo toda la gloria de su hazaña. Esta última interpretación no es tan inverosímil como parece. Sé de algún montañero que en su página web omitía a propósito el nombre del compañero —siempre el mismo— con el que había subido a varias de las «Siete cumbres» y de una célebre escaladora asturiana afincada en Valencia que en los informes de la Federación siempre era citada como «y otra persona». La otra persona era ella, claro está, pero nunca se la citaba por su nombre. Curiosos olvidos…

El valeroso protagonista agarra un jumar, se deja su piolet para no cargar con él (¡bravía decisión, a fe mía, que nos da una indicación de su salud mental!) y se pone a trepar por una serie de cuerdas fijas pero en ningún momento dice a quién se debe el mérito de haberlas instalado. ¿Las ha instalado él u otros miembros de su grupo, o tal vez las ha instalado alguna otra expedición de la que no se habla en ningún momento?

Al regresar de la expedición el autor entrega el material que ha grabado a una «productora cinematográfica» para que ésta lo convierta en una película «de verdad». En la versión que finalmente se presenta en público, las imágenes se acompañan de

a) Una música grandilocuente a todo volumen, del estilo de las que se suelen utilizar para acompañar las noticias de grandes hazañas. Una música más triunfalista (aunque menos inspirada y mucho menos emotiva) que el solemne fragmento de Lizst con el que Göbbels acompañaba en sus emisiones radiofónicas las noticias de los éxitos militares alemanes o el dramático fragmento de Shostakovich que nos evoca la heroica resistencia del ejército soviético. ¿A qué artista debemos el mérito de su composición? ¿A qué orquesta debemos el mérito de su interpretación? En ausencia de tales datos cabe sospechar que la pieza en cuestión no se ha compuesto para la película sino que ha sido tomada lisa y llanamente de Internet, lo cual no es precisamente un mérito del que quepa estar orgulloso…

b) Ocasionales efectos especiales destinados a producir impacto en el espectador, que recuerdan los bruscos movimientos de cámara que puso de moda Valerio Lazarov en la década de 1970. Impacto producen, eso sí, pero son puros artificios técnicos fuera de contexto.

c) Imágenes aéreas supuestamente grabadas mediante un dron; pero, como en ningún momento se dice que el autor haya utilizado dicho medio de grabación, surge la duda de si no las habrá tomado también de Internet, lo cual tampoco es precisamente un mérito del que quepa estar orgulloso… En esas imágenes aéreas se ven tiendas de campaña. ¿A quién pertenecen?

Al acabar la proyección se encienden las luces de la sala. Suenan los aplausos.

¿A quién se aplaude y por qué? ¿Al inventor de la cámara GoPro? ¿Al creador de Internet? ¿Al compositor de la banda sonora cuyo nombre no se cita?

¿Dónde está el mérito? ¿Dónde está el arte?

¿Es eso todavía «Cinematografía de montaña»?

Fuentes de las fotos y video:
– La Casa Cantonera: De València al cim Lenin
– Origen de las fotos: FilmAffinity

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