APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA ESCALADA Y EL ALPINISMO (VI) – Grandes entre los grandes

APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA ESCALADA Y EL ALPINISMO (VI)Grandes entre los grandesJoan Grifoll...

APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA ESCALADA Y EL ALPINISMO (VI)
Grandes entre los grandes
Joan Grifoll

Los alpinistas que protagonizaron las grandes gestas durante la segunda mitad del s. XX supieron optimizar los notables progresos técnicos en la fabricación del material de escalada: los piolets de hoja curva, los crampones de 12 puntas (con las delanteras horizontales), los mosquetones de aluminio, las clavijas de diferentes formas, y sobre todo las chaquetas y sacos de pluma. A todas estas innovaciones en el material se unieron innovaciones en la técnica de escalada: el autoaseguramiento para escaladas en solitario, la técnica de la doble cuerda en libre y artificial y, desde luego, la utilización de arneses completos, cascos y otros materiales de protección; y como máximo exponente de la evolución técnica, la del piolet tracción, que era posible gracias a las hojas curvas y los mangos cada vez más cortos. Los alpinistas de élite ya no eran aventureros o profesionales del guiaje y la enseñanza alpina, eran verdaderos deportistas que gracias al patrocinio, principalmente de los fabricantes de material de montaña (Charlet Moser, Claudius Simond, Salewa, Cassin…), podían dedicarse exclusivamente a entrenar y escalar, a aprovechar los mejores momentos meteorológicos del año para realizar épicas escaladas o a diseñar, organizar y ejecutar expediciones al Himalaya, Karakorum o Andes, principalmente. La publicidad fue una gran aliada de estas nuevas generaciones al presentarnos a los protagonistas de las grandes gestas alpinísticas como verdaderos héroes, sus nombres se grababan en los últimos modelos de las principales herramientas, salían en fotografías durante sus escaladas más difíciles, en prensa, en revistas de actualidad, etc., y eran conocidos en todo el mundo, siguiendo la estela de los innovadores en estos nuevos ambientes: los Terray, Rebuffat, Cassin o Desmaison.

Bonatti en la norte del Cervino

En este marco de innovaciones de todo tipo, recién estrenada la segunda mitad del s. XX, aparece uno de los más grandes de toda la historia, referente para muchas generaciones de montañeros que crecieron comentando junto a una hoguera o en el comedor de un refugio las impresionantes hazañas de este alpinista adelantado a su tiempo, que podría ser grande aun en el s. XXI. Hablamos del gran Walter Bonatti (1930-2012), que llegó al Olimpo del alpinismo por su valor, sus irrepetibles gestas y sobre todo, por su bonhomía; Bonatti fue el amigo de todos, el compañero ideal en muchos momentos dramáticos, pero sobre todo un caballero de las cumbres al que nunca se le achacó un mal gesto con el resto de la comunidad de escaladores, la cual no siempre le pagó con la misma moneda.

Walter Bonatti

En una Italia sumida en la gran depresión económica que derivó del crack de 1929, la familia Bonatti se ve obligada a emigrar a Bérgamo, en una búsqueda de prosperidad que no llegaba. Allí nació y pasó su infancia Walter, entre las estrecheces ocasionadas por tener un padre que no encontraba trabajo al no militar en el fascismo imperante. Tras unos años en los que a veces el dinero no llegaba ni para comprar pan, finalmente su padre se colocó en una fábrica textil y su madre en un laboratorio. De adolescente pasaba las vacaciones con sus abuelos, a orillas del Po, en medio de una naturaleza que iba despertando sus inquietudes, primero como gimnasta en “Forti e Liberi”, una compañía de Monza, hasta que a los 18 años realizó sus primeras escaladas en los prealpes lombardos. Su primer trabajo de siderúrgico en el Falck de Sesto San Giovanni, le dejaba poco tiempo para ir a la montaña. Italia empezaba a sacudirse la pesadilla bélica, intentando acceder a un bienestar en el que el futuro impregnaba los sueños de todos. Es una Italia que necesita nuevos héroes para catalizar esos sueños; nacen nuevos divos, nuevos mitos, nuevos modelos a imitar. Y es justo en ese momento onírico cuando entra en escena Walter Bonatti, el alpinista, personificando el ideal positivo de varias generaciones.

En 1949, con solo 19 años, consigue escalar en una sola temporada la cara noroeste del Piz Badile, la cara norte de las Grandes Jorasses y la oeste de la Aiguille Noire de Peuterey. Pero esto solo era el principio, Bonatti no concebía un montañismo ligero, sin un extremado compromiso, con lo que sus objetivos estaban siempre ligados a las grandes paredes, caras norte, nuevos itinerarios considerados imposibles o repetir las más difíciles escaladas europeas en invierno. Así, en 1951, las crónicas alpinas elevaban al nivel más alto alcanzado hasta el momento su escalada a la cara este del Grand Capucin, en el macizo del Mt Blanc, considerada tan imposible que nadie se había atrevido a intentarla, excepto el propio Bonatti dos años antes. Pese a todo, a Walter esta victoria de renombre internacional le dejó un sabor amargo por la muerte de su madre, Agostina, pocos días después.

En 1953, tras haber pasado su servicio militar en el 6º Regimiento Alpino, Walter celebra su regreso a la montaña con otra proeza, en compañía del conocido Carlo Mauri lleva a cabo la primera invernal a la Cima Oeste del Lavaredo, aquella pared imposible que solo cedió a la genialidad de Ricardo Cassin, y poco después, con Roberto Bignami, la primera invernal a la ariste del Furggen en el Cervino. Nada parecía parar ni intimidar a este hombre, considerado por muchos como el mejor alpinista de todos los tiempos, un hombre que con sus genialidades contribuía a rescatar la imagen del italiano medio, todavía oprimida por el legado bélico y las trágicas carnavaladas fascistas.

Bonatti escalando en los Alpes. Al fondo, el Cervino

Con este bagaje, resultaba inevitable su inclusión en la expedición al K2 (8.611 m) que se organizó en 1954, bajo la dirección de Ardito Desio. En dicha expedición Lino Lacedelli y Aquile Compagnoni llegaron por primera vez la cumbre de la segunda montaña más alta del mundo, pero la expedición resultó para el alpinista lombardo una experiencia humanamente dolorosa ya que durante años Bonatti luchó reivindicando una verdad diferente a la oficial respecto a los últimos días de escalada en la gran montaña del Karakorum. El 30 de julio, Lacedelli y Compagnoni se encontraban en el Campo IX, a 8,050 m, esperando un porteo de oxígeno para atacar la cumbre. El tirolés Abram, el hunza Mahdi y Bonatti intentaron subir provisiones y oxígeno, pero no llegaron a dicho campamento. Abram descendió, pero Mahdi y Bonatti tuvieron que pasar una noche a casi 8.000 m, a pesar de buscar desesperadamente la tienda de los dos italianos. Ya de noche cerrada, consiguieron contactar con los dos del Campo IX, pero éstos no bajaron a socorrer a sus compañeros, que tuvieron que pasar una noche terrorífica, sin sacos ni tiendas. Al día siguiente, Lacedelli y Compagnoni bajaron a por el oxígeno cuando ya Bonatti y Mahdi habían emprendido una huida hacia la vida. Desio prohibió hablar del episodio a todo el equipo para no empañar el éxito de la cumbre, con lo que Bonatti no pudo contar su versión hasta 1961.

El Petit Dru

Durante un tiempo, el lombardo permaneció apartado de la comunidad alpinista, frecuentando las paredes más difíciles en solitario o con sus compañeros más íntimos. En ese estado emocional, Bonatti decide medirse en solitario con el Pilar Sudoeste del Petit Dru, el mayor problema alpinístico de la década de los 50. El 16 de julio de 1955, con sus 25 años, 79 clavos, 2 martillos, 15 mosquetones, 6 tacos de madera, 3 estribos y dos cuerdas, una de nylon y otra de seda, afrontaba aquella arquitectura granítica de vértigo que nadie había conseguido escalar jamás. La escalada no empezó bien, el primer día, de un martillazo se seccionó la punta del dedo anular izquierdo, y poco después un gran techo negro le cortaba el paso. Bonatti lo intentó por la izquierda, por donde resultaba imposible colocar clavos, y por la derecha, por donde tras unos metros, la pared resultaba impracticable. Tras unos momentos de desolación se lanzó a una solución desesperada: en el extremo de una cuerda realizó varios nudos e intentó engancharla en pequeñas fisuras del borde del techo que colgaban del vacío. Tras innumerables intentos, al fin la cuerda se enganchó, pero… ¿podía fiarse? No había opción, tenía que arriesgarse. Saltó aferrado a la cuerda sobre un vacío de centenares de metros y el anclaje resistió. Izándose a fuerza de brazos, llegó al borde del techo, aferrándose a la roca para continuar la escalada. Antes de alcanzar la cima, debió afrontar, durante 5 días más, pasajes dificilísimos y situaciones límite, luchando hasta el final en una absoluta soledad. La epopeya de esta escalada cambió la historia del alpinismo, fijando sus límites superiores al alcance de muy pocos.

Gasherbrum IV

Pero la gran prueba estaba por llegar. Desde la hazaña del Dru, Walter recuperó la confianza en algunos compañeros. En 1956 se apunta la cara norte del Gran Pilar de l’Angle, tras un intento casi dramático a la Vía de la Poire; en 1958 viaja a la Patagonia para intentar el Cerro Torre, aún virgen; y unos meses después, en una expedición al Karakorum dirigida por Riccardo Cassin, el 6 de agosto, en compañía del polifacético Carlo Mauri, alcanza la cumbre del imponente Gasherbrum IV (7.925 m), una de las montañas más difíciles del mundo, considerada imposible de escalar hasta ese momento. Bonatti encadenaba éxitos extremos en escaladas inimaginables, al tiempo que se distanciaba del C.A.I. (Club Alpino Italiano) y de toda organización ligada al mundo de la montaña, hasta que en 1961 llegó la gran prueba, el peor drama de su vida, que le asestó un golpe emocional y social del que no llegó a recuperarse.

El 8 de julio de ese nefasto 1961, Walter Bonatti, en compañía de Andrea Oggioni y Roberto Gallieni, llega al refugio de la Fourche, en el que se encuentra a cuatro franceses: Pierre Mazeaud, Pierre Kohlman, Antoine Vieille y Robert Guillaume. Ambos grupos tenían la intención de atacar el Pilar Central del Frêney, el gran y terrorífico último problema de la vertiente de la Brenva al Mt Blanc.

El Pilar Central del Frêney, en la vertiente de la Brenva. Mt Blanc.

Alternando en cabeza Bonatti y Mazeaud, el 9 por la noche habían superado un tercio del pilar, tras una larguísima y complicada marcha de aproximación. Al caer el segundo día se encontraban ya al pie de la “Grand Chandelle”, el último y principal obstáculo de la escalada, pero la tormenta empezaba a cernirse sobre los siete escaladores. El día 11, en plena tormenta, Bonatti hizo un intento desesperado de superar la Chandelle, pero la tempestad le hizo regresar al vivac. Durante cuatro días y cuatro noches, permanecieron bloqueados en una exigua repisa con sacos de dormir y dobles techos de tienda, en medio de una violentísima tempestad de viento y nieve, y con temperaturas que llegaron a los 22º bajo cero. El 14 de julio emprendieron una retirada desesperada en dirección a la cabaña Gamba. Tres días más duró aquella dramática retirada, durante la cual fueron muriendo de agotamiento, primero Vieille, y luego Guillaume, Kohlman y Oggioni. A las tres de la madrugada del día 17, en medio de la niebla, Bonatti y Gallieni conseguían llegar a la Cabaña Gamba, en la que dormía un numeroso equipo de salvamento, que rápidamente salió a rescatar a los posibles supervivientes, consiguiendo salvar con vida únicamente a Pierre Mazeaud. Las consecuencias del drama fueron numerosas: Gallieni se alejó del alpinismo extremo; Mazeaud tardó varias semanas en recuperarse, sobre todo por las severas congelaciones que padeció, y Bonatti fue de nuevo acusado por la opinión pública de haber provocado las muertes de sus compañeros. Afortunadamente, una vez restablecido y enterado de las acusaciones contra Bonatti, especialmente alimentadas por la prensa, Mazeaud salió en su defensa, en un gesto de gran caballerosidad, asegurando que si estaba vivo era gracias a Walter Bonatti. Los franceses reconocieron la gesta del italiano, que había guiado a sus compañeros hacia la salvación, otorgándole la Orden de la Legión de Honor.

Bonatti en su época de aventurero

Nuevamente, el italiano acusó en su fuero interno la tragedia y las posteriores críticas, alejándose una vez más del ambiente alpinístico y encerrándose de nuevo en un reducido grupo de amigos, entre los que se encontraba Pierre Mazeaud, con quién, al año siguiente de la tragedia del Frêney, abrió una temeraria vía a las Grandes Jorasses. En 1964 consiguió la primera invernal al Espolón Walker, hazaña que le devolvía al primer puesto del alpinismo extremo. En 1965, como escalada estrella del año, abre una primera absoluta al Espolón Whymper, también en las Jorasses. Y por fin, en 1965, abre una nueva vía de dificultad extrema, en invierno y en solitario, en la cara norte del Cervino, escalada que legó a la posteridad como última ofrenda del quizá más grande de todos los tiempos. En febrero de ese mismo 1965, el gran Bonatti anunció su retirada del alpinismo, sin que nadie conociera en realidad sus motivos, pero probablemente asqueado por las envidias, las críticas y las acusaciones. Desde entonces y hasta su muerte, el 13 de septiembre de 2012, se dedicó al periodismo, a vivir nuevas aventuras fuera del mundo del alpinismo, a viajar, a explorar y a ser feliz al lado de la conocida actriz de cine Rosanna Podestà, con quien estaba unido desde 1981.

Las décadas de los 50 y 60 del s. XX devolvieron el protagonismo a la cuna del alpinismo. Las brillantes generaciones de franceses e italianos, los Desmaison, Bonatti, Mazeaud, Gobbi, Rebuffat, Paragot o Berardini toman como terreno de juego el macizo del Mt Blanc y las Dolomitas, donde se suceden las rutas extremadamente difíciles en las que cada apertura es una epopeya.

Aparentemente, los alemanes y los ingleses están apartados de la élite del alpinismo, o relegados a sus propios macizos, pero eso no quiere decir que en ellos no estén desarrollando una excelente actividad, a la altura de los mejores franceses e italianos, y que pronto ampliarán sus horizontes al macizo del Mt Blanc y al propio Himalaya, en donde firmarán legendarias escaladas.

Un joven Diemberger

Kurt Diemberger (1932), aun siendo austríaco, encarna ese resurgimiento del alpinismo germano al que pronto seguirá una insustituible generación de ingleses. Diemberger nació en Villach (Carintia), en el sur de Austria, al pie de las montañas Karawanken, que de adolescente empezó a frecuentar como buscador de cristales, aunque muy pronto se sintió atraído por el alpinismo de dificultad, lo que le llevó a afrontar las paredes más prestigiosas, primero en las Dolomitas de Brenta y luego en las grandes clásicas como las caras norte del Cervino, Eiger, Grandes Jorasses o Gran Paradiso.

Todo empezó a los 16 años, mientras buscaba cristales en una ladera se le ocurrió mirar hacia la cumbre de aquella montaña del valle de Obersulzbach, la cual le atrajo irremediablemente. En la cumbre experimentó una alegría y una satisfacción que no conocía, al tiempo que se encandilaba mirando las formas del Grosser Geiser y el Gros Venediger: “todo era grande y sobrenatural. Las cumbres me miraban y callaban”.

Tras el Gross Glockner (3.798 m), cumbre que alcanzó gracias a unos crampones prestados (que calzaba por primera vez) y la vieja bicicleta que le regaló su abuelo, vino el Cervino, al que consiguió llegar gracias a una recolecta familiar y una semana pedaleando, y el Diente del Gigante, en donde la pérdida de su amigo Erich le abrió los ojos a las severas condiciones del deporte que había elegido.

Durante sus cuatro años en Viena estudiando profesorado mercantil, aprovechaba todas sus vacaciones para ir planteándose objetivos alpinísticos cada vez de mayor nivel, siempre en compañía de Wolfi (Wolfgang Stefan): Croz del Altísimo, Brenta, Bergell, macizo del Mt Blanc…, y llegan las grandes caras norte: Lyskamm, Obergabelhorn, Cervino, Dent d’Hérens, etc.

En 1956, Diemberger lleva a cabo una de las escaladas por las que la comunidad alpinística empieza a situarlo en la élite del momento. Se trata de la directísima a la norte del Gran Zebrú (3.851 m), con salida por el llamado “gran merengue”, un gigantesco balcón de hielo desplomado que se descuelga desde la misma cumbre. Aunque acompañado de dos “sextogradistas” austríacos, Kurt encabeza la escalada del ‘merengue’, una escalada poco menos que imposible para la época cuya resonancia en los medios alpinos, que lo calificaban como el más grande escalador de hielo de toda Austria, le proporcionó una invitación del mismísimo Hermann Buhl para participar el año siguiente en una expedición al Karakorum, con el objetivo de hollar por primera vez la cumbre del Broad Peak (8.047 m).

Con solo 25 años, Diemberger era el miembro más joven de aquella expedición en la que, además de Buhl, participaron Marcus Schmuck y Fritz Wintersteller. La ruta que trazaron a lo largo del espolón oeste llevó a los cuatro alpinistas a la cumbre el 9 de junio de 1957. Desde la cima se divisaba el Nanga Parbat, cuya cumbre había alcanzado el propio Buhl por primera vez cuatro años antes, el Chogolisa, el Gasherbrum IV, el Masherbrum y el omnipresente K2, entre un infinito mar de montañas y enormes glaciares como el de Baltoro.

Diemberger entraba así de una forma más que brillante en la historia del himalayismo, cumpliendo uno de sus sueños más acariciados, aunque la muerte de Buhl pocos días después, en el Chogolisa (7.654 m), puso un lazo negro al regreso de los expedicionarios y otro en el recuerdo de Kurt, que nunca olvidaría al genial alemán.

Diemberger en la cumbre del Broad Peak

El austríaco comenzó así una de las carreras más brillantes de la historia del himalayismo, aunque entre expedición y expedición, nunca dejó de escribir memorables páginas alpinísticas en sus queridos Alpes.

“Porqué razón? Por placer? Dudé de ello cuando me encontré bajo la pared norte del Eiger”. Fue el verano de 1958, inevitablemente la cordada Diemberger-Stefan, se había planteado la Eigerwand como un hito imprescindible en su historial. Con un solo vivac y en medio de una violenta tempestad, alcanzaron la cumbre en plena noche, donde les esperaban sus amigos Herbert, Lothar y Winckler para compañarlos en el descenso. Fue el decimocuarto ascenso y como los trece anteriores, una epopeya que había durado 33 horas. Pero el verano no había terminado y sin duda fue uno de los más brillantes de ambos austríacos en los Alpes, a la Eigerwand siguió la Walker, la más difícil técnicamente de las tres nortes clásicas, y más tarde la Cresta de Peuterey, sin olvidar que habían ‘calentado’ en la Arista Blanca del Piz Bernina antes del Eiger.

Pero el Himalaya seguía reclamando la atención del carintio, los recuerdos de su expedición al Broad Peak y la hora pasada en su cumbre ejercían una atracción irresistible que le llevó a integrarse en una expedición suiza al Daulaghiri (8.167 m), dirigida por Marx Eiselin, que junto al Sisha Pangma eran los únicos ochomiles aún vírgenes. El 13 de mayo, tras mes y medio en la montaña, cuatro expedicionarios y dos sherpas alcanzaban la cumbre. Diemberger se convertía así en el único alpinista vivo que atesora dos primeras absolutas a ochomiles, y todo ello con solo 28 años.

Pese a todo, despues del Daula, había que dedicarse a otras cosas. Durante 18 años se dedicó, primero a resolver su vida profesional, para lo que superó una oposición que le proporcionó una plaza de profesor de matemáticas en la Facultad de Economía y Comercio de Viena. Y en segundo lugar tuvo que aplacar sus ansias de aventuras “de otro tipo”. El ejemplo de su amigo Herbert Tichy, conquistador del Cho Oyu, le llevó a explorar otros macizos montañosos menos conocidos, sin olvidar nunca sus queridísimos Alpes.

Tras tres años en el dique por una pierna fracturada esquiando y una aventura límite en la Noire de Peuterey, llegó el Hindu Kush, cordillera en la que en dos expediciones (1966/1967) consiguió varios seismiles y sietemiles como el Tirich West (7.338 m) y Tirich Mir (7.708 m), montaña en la que abrió una nueva ruta en su pared oeste. Más tarde llegó Groenlandia (tres expediciones entre 1965 y 1969), el Kilimanjaro, las montañas españolas (entre ellas Montserrat), y en 1974, una primera absoluta al Shartse/Junction Peak (7.500 m), ascensión en la que se reconcilió con el Himalaya, al que dedicó los mejores años del resto de su fulgurante carrera.

En 1978, Diemberger da por recuperada su “Pasión por el Himalaya”, y como siempre, lo hace a lo grande. Ese año alcanza las cumbres del Makalu (8.841 m) y Everest (8.848 m), en donde da rienda suelta a su nueva pasión, el cine, realizando la primera película con sonido sincronizado desde la cumbre.

Diemberger con su equipo de filmación (foto del autor)

En 1979 le llega el turno al Gasherbrum II (8.035 m) y en 1984 se dirige de nuevo al Broad Peak (8.051 m), aquel primer ochomil alcanzado en compañía de Hermann Bühl. El que escribe estas líneas tuvo el inmenso honor de conocer a Diemberger durante esa expedición, en el hotel Mrs. Davies, de Rawalpindi, e incluso de compartir alguna tarde de tertulia (aprovechando el dominio del castellano que ostentaba el austríaco), gracias a lo cual conocemos que sus intenciones en este viaje eran dos, de un lado una nueva ascensión al Broad Peak, en compañía de su nueva compañera de aventuras Julie Tullis, y de otro, iniciar un proyecto de filmación en torno al K2 (8.611 m), que se encuentra enfrente mismo del Broad, al otro lado del glaciar Godwin Austen, proyecto que culminaría dos años después con la ascensión al propio K2 y filmación desde su cumbre.

1986 vio de nuevo a Diemberger recorriendo el glaciar de Baltoro, camino del K2 para culminar el proyecto iniciado dos años antes, pero ese fue uno de los años que se recordarán siempre en los anales del alpinismo. Al principio de la temporada, dos españoles, Mary Abrego y Chema Casimiro, alcanzan la cumbre en lo que parecía el anuncio de un venturoso año. Sin embargo, pronto comenzó el gran K2 a reclamar su tributo. Tras la ascensión del español Alberto Zerain, comienza una cascada de accidentes que elevaría las víctimas de esa aciaga temporada al número de 13, entre ellos Tadeus Pietrowski, que había completado la “Magic Line” junto a Jerzy Kukuczka; el matrimonio Barrard, al descender de la cumbre (que habían alcanzado con Wanda Rutkiewicz y Michel Parmentier) o Renatto Casarotto, al caer en una grieta muy próxima al campo base. Pero el colofón a la tragedia se dio en un cambio de tiempo que sorprendió al equipo de Diemberger y cinco alpinistas más, al descender de la cumbre, en el C. IV, a casi 8000. Tan solo Diemberger y el austríaco Willi Bauer alcanzaron por su pie el campo base, y entre los que no bajaron figuraba Julie Tullis, la compañera de Diemberger y Alan Rouse, uno de los mejores alpinistas ingleses del momento. Seguramente el año más negro en la historia del K2, quedó reflejado en uno de los libros más conocidos de Diemberger: K2, el nudo infinito.

Las secuelas físicas y emocionales que le quedaron tras el K2, tardaron en cerrarse. Su futuro montañero iba centrándose en la filmación a grandes altitudes, la aventura y la exploración. Entre 1987 y 1990, participó en diferentes exploraciones de las zonas más remotas de Himalaya, entre ellas, la científica promovida por Ardito Desio en 1987 para medir la altitud exacta del Everest y el K2. Entre 1991 y 1992, participó en dos expediciones catalanas al Broad Peak, en las que filmó reportajes que dieron la vuelta al mundo.

Actualmente, a sus 87 años continúa recorriendo el mundo en busca de sus más espectaculares rincones, filmando e impartiendo conferencias. Sus libros y películas han sido galardonados con los premios más prestigiosos del mundo alpinístico, entre ellos el “Piolet de Oro”, que le fue otorgado en 2013.

Como hemos visto, la mayor parte del s. XX fueron los franceses, alemanes e italianos los que dominaron el olimpo de los grandes alpinistas, salvo honrosas excepciones poco conocidas de alpinistas rusos y polacos. Por su parte, los ingleses, que habían sido de los más activos en los inicios del alpinismo, parecían relegados a su insularidad, limitándose a sus montañas, algunas escaladas en los Alpes (eso sí, de gran nivel), o sus expediciones al Himalaya.

Pero de repente estalló la gran generación de ingleses que de los 60 a los 90, cautivó al mundo alpinístico con sus desafíos y su osadía.

De esta generación sobresale por diversos motivos Chris Bonington (Londres, 1934), por sus condiciones de gran alpinísta, pero sobre todo por su carisma sobre una pléyade de alpinistas del nivel de Hamish McInnes, Dougal Haston, Doug Scott, Ian Clough, Don Whillans, Peter Boardman o Joe Tasker.

Desde niño empezó a amar los espacios naturales al ir de vacaciones con su abuelo a las montañas Wicklow, que representaban la vía de escape que le permitía huir de su vida londinense. A los 19 años vivió su primera gran aventura, el día de año nuevo de 1951, en Snowdonia, a la que siguió la escalada en las paredes de arenisca del sur de Londres (Harrison’s Rocks) y el descubrimiento de las montañas escocesas. Y así, solo 7 años después firmaba las primeras inglesas al pilar Bonatti del Petit Dru y a la célebre Hasse-Brandler en la norte de la Cima Grande di Lavaredo.

Chris Bonington

“Mi primera cuerda era una de cáñamo de antes de la guerra. Tenía un par de botas claveteadas y utilizaba zapatillas de gimnasia para las escaladas más difíciles. Un par de anillos de cáñamo era cuanto tenía para la instalación de seguros. Cuando llevaba un año escalando convencí a mi madre para que me comprase una cuerda de nylon…”

El grupo formado por Bonington, McInnes, Whillans y Clough, llegó a los Alpes como los nuevos pioneros del alpinismo moderno. Su elevado nivel técnico y la escasa presencia británica en los Alpes, casi desde la época de Whymper, les motivaba para emprender “primeras británicas” en las rutas más prestigiosas, principalmente del macizo del Mt Blanc. Así, en 1958 fue el Pilar Suroeste del Petit Dru y la cara oeste de las Petites Jorasses.

Su primera experiencia en el Himalaya fue en 1960, cuando escaló la cresta oeste del Annapurna II (7937 m), con 26 años. A su regreso, Bonington dio un giro copernicano a su vida, abandonando el ejèrcito (alistado desde 1956), y casándose.

Y llegó 1961, el año en que este grupo de ingleses empezó a ser reconocido en los Alpes y al que había que hacer un hueco entre las estrellas del momento. Apenas unas semanas después de la gran tragedia del Pilar del Frêney que había costado la vida a tres franceses y un italiano, salvándose Bonatti, Mazeaud y Gallieni, otros tres franceses (Julien, Desmaison y Pollet-Villard) y un italiano (Piussi), pernoctaban en el refugio Torino con el objetivo de realizar un nuevo intento al Frêney, mientras que con el mismo propósito, tres ingleses: Chris Bonington, Don Whillans e Ian Clough y un polaco, Jan Duglosz; lo hacían en el vivac de la Fourche. Hay que poner en valor la firmeza y confianza de ambas cordadas, conocedoras de la terrible tragedia acaecida el mes anterior a dos cordadas de alpinistas de primer nivel, por cuyas consecuencias no se dejaron amilanar. Tras tres días de muy difícil escalada y dos vivacs muy fríos, pero con buen tiempo, fue la cordada anglopolaca la primera en completar la primera escalada al legendario Pilar del Frêney. En la cumbre del Mt Blanc les esperaba un grupo de periodistas, atraídos por el morbo de lo sucedido el mes anterior, y provistos de comida y botellas de vino para recibir a los triunfadores. Desde aquella escalada, a los ingleses se les adjudicó el prestigio que merecían en el valle de Chamonix y sus nombres brillaron a la altura de los mejores alpinistas del momento.

En 1962, Bonnington y Clough consiguen la primera británica al Espolón Walker y la cara sur de la Aiguille Noire de Peuterey; el mismo año, con Clough, la cara norte del Eiger y en 1965, con Rusty Baillie, Brian Robertson y John Harlin (años después: el “dios rubio del Eiger”), Bonington consigue la primera absoluta al remoto Pilar Derecho del Brouillard, en la misma vertiente del Mt Blanc que el Frêney.

En 1966, Bonington participa en la apertura de la “Directa Harlin” a la Eigerwand, en la que el americano (Harlin) perdió la vida por la rotura de una cuerda fija. En principio su papel en la escalada fue como reportero gráfico del Daily Telegraph, profesión con la que complementaba sus ingresos como conferenciante y escritor de libros de alpinismo. Como fotógrafo-reportero viajó desde la jungla ecuatoriana a los hielos polares, pasando por el Nilo o el país Hunza.

Las rutas extremas se acumulaban año tras año en el historial de Bonington. Asociado ya con el gran Dougal Haston, en 1972 hacen un intento al corredor central de la cara norte de las Grandes Jorasses, en el que rozan la tragedia, y en 1975 abren una ruta directa en la cara norte de la Aiguille du Triolet.

Bonington en el Melungtse. 1988

Pese a lo que pueda parecer, la vida montañera de Bonington no se limitó a los Alpes. Su genio y su ambición sin límites le llevaron a cosechar enormes éxitos en casi todos los macizos montañosos de la tierra. Tras su bautizo expedicionario de 1960 en el Annapurna, en 1961 alcanzó la cumbre del Nuptse (7.879 m) tras haberlo hecho Dennis Davis y el sherpa Tashi, en la que sería la primera absoluta a esta montaña. En 1963, consiguió la primera absoluta a la Torre Central del Paine, en la Patagonia Chilena; y en 1970 dirigió la expedición que intentó la gigantesca pared sur del Annapurna (8.091 m), cuya cumbre alcanzaron Dougal Haston y Don Whillans. En 1974, también en el Himalaya, fue el primero en escalar el Changabang (6.864 m), dificilísima montaña integrada en el Santuario del Nanda Devi, en el Himalaya del Garwhal.

En 1975 llegó el gran reto en la vida de Chris Bonington. La fundación inglesa Mount Everest suscribió los costes, con el apoyo económico del Barclays Bank, para una expedición al Everest en la que la flor y nata del alpinismo inglés abriese una nueva ruta de gran dificultad, y el gran reto para Bonington lo supuso su designación como jefe y organizador del proyecto. El objetivo estaba en la cara Sudoeste, en la que ya fracasó un equipo británico en 1972 y otro japonés en 1973.

Doug Scott en la cumbre del Everest

Para ello, Bonington reunió un equipo de 22 alpinistas y un cámara de altitud, entre los cuales, al menos 10 eran candidatos a alcanzar la cumbre por su capacidad técnica e historial alpinístico. En el equipo figuraban nombres como Hamish McInnes, Pete Boardman, Dougal Haston, Doug Scott, Nick Estcourt o Ronnie Richards. Desde el 21 de agosto en que se estableció el Campo Base, al 24 de septiembre en que Dougal Haston y Doug Scott alcanzaron la cumbre, todo el equipo, junto a siete de los mejores sherpas, trabajó en abrir y equipar una de las más temerarias rutas de la historia del alpinismo. Dos días después, el 26, alcanzaron la cumbre también Pete Boardman, el sherpa Pertemba y Mick Burke, que desgraciadamente pereció en el descenso. El éxito y la enorme trascendencia mundial que tuvo esta expedición, sirvieron para que la Corona Británica otorgase a Bonington el título de “sir”.

Scott descendiendo del Ogro con ambas piernas fracturadas

En 1977, algunos de los componentes de la expedición al Everest, se trasladaron al Karakorum con el objetivo de escalar el Ogro (Baintha Brakk: 7.285 m), una atractiva montaña virgen hasta ese momento. El planteamiento era atacar la montaña en tres cordadas muy ligeras y en técnica alpina. Tras alcanzar la cumbre, en sucesivos accidentes, Bonington se fracturó varias costillas y Scott, ambas piernas. Solo una desmesurada pasión por vivir, una dilatadísima experiencia en grandes montañas y una inquebrantable labor de equipo, posibilitaron un descenso drámatico y al límite de la resistencia humana.

En 1978, en un intento a la arista oeste del K2, Bonnington pierde a uno de sus mejores amigos y compañeros de toda su vida alpinística, Nick Estcourt, arrastrado por una avalancha. Por primera vez, la pérdida de un compañero (y uno de sus mejores amigos), afecta el ánimo de Bonington hasta tal punto que durante un tiempo se aparta de la montaña y las expediciones. Solo la posibilidad de subir montañas desde China y Tíbet, una vez abierta la frontera tibetana en 1982, despierta de nuevo su pasión por las grandes montañas, pero ya únicamente en expediciones muy ligeras, entre amigos y siempre en estilo alpino. En 1981 asciende al Kongur (7.649 m), una montaña virgen situada en la cordillera de Kunlun (Pamir), en compañía de Pete Boardman, Joe Tasker y Alan Rouse. En 1982, Bonington y sus compañeros eligen la Arista Noroeste del Everest, desde el Tíbet, en cuyo ataque final a cumbre desaparecen Pete Boardman y Joe Tasker, otros dos de sus más preciados compañeros. En 1983, con Jim Fotheringhan abre una nueva ruta al Shivling (6.543 m) y meses después aprovecha una oportunidad para ascender al Monte Vinson (5.140 m), en la Antártida.

En 1985, Bonington cumple un compromiso personal al ascender al Everest por la arista sureste, montaña que le traía grandes recuerdos y otros dolorosos. En 1988, la escalada a un nuevo pico virgen, la cumbre oeste del Melungtse (7.150 m),  empieza a marcar una cierta tendencia de Bonington a ir alejándose de las rutas extremas, tras treinta años de actividad continua, algunos de sus mejores amigos perdidos en rutas de gran dificultad y haber escapado casi milagrosamente de algunas situaciones extremadamente comprometidas: “En cada una de mis expediciones a montañas de ochomil metros, perdió la vida algún miembro del equipo. Es una estadística aterradora ¿Fuimos demasiado temerarios o fue mala suerte? He pasado muchos años angustiándome en torno a estas cuestiones porque eran algunos de mis mejores amigos y he tenido que presenciar el cruel desconsuelo de sus esposas, novias, hijos y padres”.

El “viejo” Bonington

Pero como en los casos de Bonatti y Diemberger, Bonington nunca podría alejarse de las montañas y las aventuras: el remoto Himalaya de Kumaon, en 1992, con la ascensión al Panch Chuli II (6.904 m); Groenlandia en 1993; el remoto Himalaya de Kinnaur (con la primera absoluta al Rangrik Rang: 6.553), en 1994; exploraciones de picos desconocidos en el nordeste del Tíbet, como el Sepu Kangri (6.950 m); expediciones al Ladakh, Kilimanjaro…, y como él mismo dice: desde el 2000, “caminatas y escaladas divertidas”, aunque algunas de ellas sean como la de 2011, con la ascensión al Ram Chukor Basera (5.084 m), un pico virgen, ¡a los 77 años!.

Actualmente, con 84 años, Chris Bonington sigue disfrutando de la montaña (el año pasado estuvo escalando en el Peñón de Ifach con Josep Manel Anglada), escribiendo libros, dando conferencias y asesorando a su hijo Joe en su empresa de alpinismo comercial.

Hemos visto con detalle en este capítulo una aproximación a la biografía montañera de tres de los alpinistas más importantes de la historia, tres alpinistas que fueron, o son, coetáneos y cuya memoria permanecerá imperecedera. Tres alpinistas que supieron combinar la aventura con el deporte y la profesionalidad dentro de la montaña, que vivieron una época bisagra entre el fin del alpinismo de descubrimiento y el inicio del alpinismo técnico a ultranza, y tres nombres que siempre ilustrarán el recuerdo de aquellos que amamos este deporte y a sus grandes figuras. Ello no quiere decir que fueran los únicos, fueron y son “grandes entre los grandes”, pero no los únicos. En próximos capítulos estudiaremos la trayectoria de otros que estuvieron a una altura similar, pero con diferentes connotaciones, también relacionadas con la exploración de los límites humanos en la montaña, pero en una dimensión diferente. Nombres como Reinhold Messner o Jerzy Kukuczka, esperan su momento para integrarse en la nómina de los alpinistas que relacionamos en esta colección de apuntes históricos, aunque en el próximo capítulo tendremos que volver a ocuparnos de las mujeres, que, tras un período de sombra, volvieron en los años 70 y 80 a aparecer en el escenario alpino con la fuerza de nombres inolvidables, como el de Wanda Rutkiewicz.

BIBLIOGRAFÍA

  • Héroes del alpinismo (P. Lazzarin y R. Mantovani). GeoPlaneta, 2008.
  • K2 (R. Messner y A. Gogna). Editorial RM.
  • Ed. Desnivel.
  • Wiquipedia
  • Frêney 1961, la gran tragedia del Mt Blanc (Marco A. Ferrari). Desnivel, 1998.
  • Entre cero y ocho mil metros (Kurt Diemberger). Nova terra, 1975.
  • Montañero (Chris Bonington). Desnivel, 1993
  • Everest, el supremo desafío (Chris Bonington). Editorial RM, 1980