Como supongo que hacéis todos, en estos días de encierro, una de las cosas a las que me he dedicado ha sido a repasar papeles antiguos para poder tirar algunos de ellos. Entre los papelorios me he encontrado un artículo a mano que escribí para una revista hace un montón de años. En él contaba una escalada que hicimos en el verano de 1988 en los Alpes, en la cara norte de la Aiguille Verte. Lo he pasado a un documento de word y lo he ilustrado con algunas fotos para poder compartirlo con vosotros. Si así consigo entretener algunos de estos tediosos momentos de confinamiento, me daré por satisfecho.

ESCALADA A LA CARA NORTE DE LA AIGUILLE VERTE (4.121 m) POR EL CORREDOR COUTOURIER

Realizada por Javier Botella de Maglia y Joan Grifoll i Carbonell en julio de 1988

Macizo del Mont Blanc, 24 de julio de 1988

Un sol fuerte y cálido alterna con enormes jirones de niebla que pasan velozmente envolviendo la enorme estación del teleférico. Sobre esta niebla que nos impide ver el terreno circundante, sabemos que el sol, ya poniente, brilla en un cielo despejado, asegurando el buen tiempo. De vez en cuando entrevemos la cumbre de la Verte, suspendida sobre nosotros, mil metros más arriba.

Tras una frugal merienda-cena, nos metemos en la funda de vivac, sobre el suelo de madera de la estación. A través de los cristales de las enormes ventanas el sol nos proporciona un agradable calor, pero… imposible dormir. Un francés me invita a un cigarrillo, él también quiere subir a la Verte para tirarse desde su cumbre con un parapente y mientras fumamos me señala a alguien que en el exterior se acaba de lanzar en parapente, es Eric Escoffier, un conocido alpinista.

Cerca de nosotros hay dos austríacos que quieren intentar el supercouloir de los Drus, al que se accede también desde la estación superior del teleférico de los Grands Montets, en la que nos encontramos, y que tampoco pueden dormir. Es muy difícil hacerlo antes de una gran escalada, algo culebrea siempre por el estómago y una pregunta te persigue: ¿qué ocurrirá dentro de unas horas? Los dos alemanes que completan el grupo de siete que allí nos encontramos ni siquiera lo intentan, no paran de comer, incluso le dicen a Javier que están preparando una sopa muy energética para nosotros. Otro cigarrillo.

Hemos preferido dormir en la estación del teleférico porque los refugios nos intranquilizan mucho por su ambiente ruidoso e impersonal que impide la concentración. Además, queremos salir hacia la montaña a las 10 de la noche y sería complicado hacerlo en el refugio de Argentiere, que es el más próximo.

No sé si la sopa de judías (durísimas) picantes que nos han hecho los alemanes me ha arreglado o ha fulminado del todo mi sistema digestivo, pero me ha dado calor y sueño. Otro cigarrillo. Todos se callan y conseguimos dormitar un rato entre la inquietud y la impaciencia.

Las 9 (21 h.). Desayunamos. Es lo más grotesco del mundo, desayunando a las 9 de la noche. A las 10, con las últimas luces del día, iniciamos el descenso hacia el glaciar de Argentiere, solos Javier y yo porque los alemanes y el francés que vienen a la Verte han dicho de salir a la una de la madrugada. Días después, al encontrarlos por Chamonix sabríamos que desistieron al encontrar la nieve demasiado blanda.

En efecto, no hacía frío. Moviéndonos por el caos de bloques de hielo producto de las avalanchas que caen de la vertiente N de la Arista de los Grand Montets voy intuyendo que la nieve está muy blanda, pero el camino es tortuoso y no exento de peligro, por lo que prefiero concentrarme en él y no pensar en otras cosas.

Al llegar a la rimaya comprobamos que está muy abierta y sobre ella se adivina la inmensa pendiente sobre la que más tarde nos hallaremos suspendidos por las puntas de las herramientas. Son las 12 y sigue sin hacer frío, la nieve está muy blanda y con ese pretexto intento minar la moral de Javier induciéndolo a retroceder, pero ni me contesta. Vana pretensión conociendo su firme determinación y su empecinamiento en estas lides. Intento conformarme recordando lo que nos dijo Rafa Vidaurre: “al principio estaba muy blanda, pero a medida que ganamos altura, mejoró e hizo más frío”.

Al principio vamos ensemble, encordados, pero sin asegurarnos. La pendiente no es grave, unos 50º, y el estado de la nieve nos permite meter todo el mango del piolet, progresando con seguridad. Vamos rápidos pero solos, muy solos. La inmensidad del corredor aumenta esta sensación y el mundo se reduce al pequeño espacio de hielo iluminado por nuestras linternas frontales.

L’Aiguille Verte y el corredor Coutourier

Calculo que hemos subido unos 200 m cuando un techo rocoso nos cierra el paso. Hay que efectuar una larga travesía hacia la izquierda para situarnos en el centro del corredor. Es una maniobra muy delicada pues nos hallamos en una zona de verglass (hielo vítreo) en la que los picos del piolet y el martillo penetran apenas un par de centímetros. Comenzamos a asegurarnos. Al mirar hacia abajo veo que del refugio salen unos puntos luminosos que comienzan a cruzar el glaciar de Argentiere.

La pendiente va haciéndose más severa y los tramos de nieve helada se alternan con franjas de verglass que nos obligan a poner la máxima atención. El estado del hielo no es bueno, no hiela, y oímos correr el agua por la rigola central y por las rocas laterales del corredor, por lo que escalamos asegurándonos con tornillos en las reuniones, al final de cada largo de cuerda. Al llegar al verglass hay que clavar varias veces el piolet hasta que conseguimos que se sujete bien ya que generalmente el hielo se fragmenta al golpear y el pico no muerde debidamente.

A las tres de la madrugada veo que las lucecitas que salieron del refugio aún no han llegado al pie del corredor, de lo que deduzco que ya no lo van a intentar dado lo avanzado de la hora. Los de la estación del teleférico tampoco llegan al corredor, estamos completamente solos. ¡Menudo embarque!

Subimos muy callados, las palabras justas en cada reunión para pasar los tornillos recuperados más abajo y luego silencio, un silencio absoluto, roto únicamente por los golpes de piolets y crampones sobre el hielo y por la propia respiración, que se hace jadeante al final de cada largo.

Comienza a clarear, las sombras se convierten en siluetas y el vacío se revela bajo nuestros pies que permanecen sujetos al mundo por esas cuatro puntas de aleación que sobresalen unos centímetros de las botas. Hemos superado ya unos 600 m, por lo que nos quedan unos 400 y pico hasta la cumbre.

Sigue sin hacer frío, pero ahora ya vemos las piedras y los trozos de hielo que a menudo pasan zumbando y rozándonos a veces. Los músculos gemelos van acusando el esfuerzo de tantas horas en tensión absoluta, tenemos que inventar precarias y vertiginosas posiciones de descanso mientras aseguramos al compañero. Seguimos solos, a veces, por puro vicio, miro hacia abajo intentando descubrir a otros alpinistas, pero únicamente encuentro el abismo. También nos duelen los brazos a causa de la monotonía del ejercicio sobre el hielo, pero es sobre todo en los tramos de verglass donde se ponen a prueba brazos y piernas. Afortunadamente, las escaladas hechas días atrás en la Barre des Ecrins y en La Meije nos han proporcionado una aceptable forma física.

Corredor Coutourier

Una idea empezaba a obsesionarme, el descenso. La Aiguille Verte no tiene ninguna ruta fácil a la cumbre, ninguna denominada como “vía normal”, la bajada se hace por el corredor Whymper, de unos 50º de inclinación media y que discurre en medio de grandes espolones de roca en muchos casos descompuesta. Todas las guías desaconsejan la escalada de este corredor si las condiciones no son excelentes, con frío y empezando muy temprano. Nada de ello coincidía con nuestra situación. Conocíamos historias de guías profesionales de los Alpes que por llegar tarde a la cumbre prefirieron permanecer todo el día en ella y descender por la noche, cuando el frío vuelve a solidificar la nieve y el hielo mantiene sujeta la roca descompuesta, pero tampoco esto podíamos hacerlo pues sabíamos por el parte meteorológico que esa tarde se desataría una tempestad. Gastón Rebuffat califica de suicida el descenso del corredor Whymper a mediodía.

A unos 200 m de la cumbre la caída continua de pequeños fragmentos de hielo formaba un velo que apenas nos dejaba ver la pared helada por la que progresábamos, dificultando enormemente el montaje de reuniones, lo cual nos indujo a intentar salir del corredor para alcanzar la arista oeste. Para ello teníamos que superar una especie de inmenso merengue helado en el que nos atascamos a causa de la gran profusión de grietas que contenía y en las que nos hundíamos hasta la cintura a cada paso, por lo que tuvimos que regresar al centro del corredor, haciendo una delicada travesía sobre verglass de unos 30 m. De nuevo el vacío bajo nuestros pies y ahora soportando una verdadera lluvia de esos pequeños fragmentos de hielo que caían desde una cumbre que ya doraba el sol. Y, además, habíamos perdido una hora en el intento.

Corredor Coutourier

Por fin iba desapareciendo el abismo, se suavizaba la pendiente y ya podíamos emplear las otras diez puntas de los crampones y, en consecuencia, al desaparecer la tensión nerviosa empezó a aparecer el cansancio, haciéndose agotadores los últimos metros hasta la cumbre, a la que llegamos a las 8.30 h.

Ya en lo más alto, empiezo a buscar otras cordadas que pudieran subir por una ruta diferente a la nuestra, pero estamos solos de nuevo. Me asomo al Whymper, nadie. Es lógico, las condiciones del corredor son terroríficas, pequeñas avalanchas de nieve y piedras surcan constantemente los múltiples canales que forman el corredor en toda su amplitud.

Sopesamos fríamente nuestras posibilidades e interrogo a Javier sobre las pocas opciones que se nos plantean, a lo que responde lacónicamente: ¿Qué vamos a hacer? Bajar.

Al principio la nieve está dura y destrepamos una pendiente de hielo de unos 55º, cara a la pendiente y a una velocidad aceptable. Voy contando los metros, tiradas de 80 m (Llevamos una cuerda de 40 y nos alternamos). Ya llevamos 200 m en una hora, no está mal, quedan unos 500, pero se ha terminado la zona de sombra y ahora la nieve está muy peligrosa. Para descender metemos todo el piolet y medio brazo, y resbalamos abrazando la nieve. A nuestra izquierda las avalanchas caen continuamente y ya no son tan pequeñas como arriba, por lo que instintivamente vamos desviándonos hacia el espolón de la Grand Rocheuse, a la izquierda geográfica (este) del Whymper, para evitarlas.

De cuando en cuando echo un vistazo hacia el valle queriendo verlo más cerca y lo que veo es cómo empiezan a aparecer unos nubarrones por la zona de l’Aiguille du Moine y los Drus. Nuestras gargantas están secas y estropajosas, no hemos bebido ni comido nada desde el “desayuno”, hace más de 15 horas, por lo que a veces me llevo a la boca trozos de hielo o intento sorber agua de deshielo, chupando la que resbala por la roca, en cambio la tensión nerviosa disfraza el hambre.

Durante uno de los destrepes, mientras Javier me asegura precariamente desde arriba, veo a mi derecha una cinta de rappel y otra unos 20 m más abajo, lo que me indica que estamos llegando a la Grand Rocheuse, en cuyo espolón podemos encontrar una línea de rappeles, por lo que le indico a Javier que voy a efectuar una travesía a la derecha, aunque no sé si me entiende porque el fragor que producen las continuas avalanchas es enorme. El primer obstáculo a superar es una canal de avalanchas, para lo que espero pacientemente 3 o 4 minutos hasta que cae una y, calculando que lo harán cada 7 u 8 minutos, inicio la travesía. Faltando unos 10 m para llegar al montaje de rappel que había visto, llega la avalancha, antes de lo previsto y, aunque yo ya he salido de la canal, la cuerda que me une a Javier la atraviesa horizontalmente. Al instante comprendo el peligro, pero el estruendo de la avalancha me impide hablar con Javier. Cojo la cuerda y la levanto para evitar que la masa de nieve y piedras la embista de lleno y me arrastre con ella, pero Javier, al ver mi movimiento, entiende que le pido cuerda y empieza a soltar. La situación resultaría cómica sino fuera tan peligrosa. Finalmente consigo mantener la cuerda alta hasta que pasa la avalancha y llego al seguro. Puedo respirar.

El corredor Whymper con la ruta de descenso

Continuamos el descenso por el espolón rocoso, asegurando los destrepes si son sencillos o efectuando rappeles si se pone más vertical. El hecho de llevar una sola cuerda retrasa enormemente estas maniobras de descenso. Nuestro itinerario es sumamente laberíntico, vamos de espolón en espolón de roca, atravesando canales de deyección intermitentemente barridas por aludes de nieve fangosa y piedras. En un par de ocasiones resultamos alcanzados tangencialmente por estos aludes y la enorme fuerza que ejercen intentando arrancarnos de la pared nos da idea de lo que sería si nos alcanzaran de lleno. Pese a todo, las manos y la cabeza se llevan la peor parte y resultan doloridas, a pesar del casco y los guantes. Durante el destrepe de una inevitable cascada quedamos literalmente empapados, las botas inundadas producen una desagradable sensación y para colmo, nada más salir de la ducha, recibo un impacto de piedra en el casco que me deja una muesca reveladora de lo que habría pasado de no llevarlo.

Cuando empezamos a creer que pasaremos el resto del verano en el dichoso corredor, nos parece intuir su final, vemos cerca la rimaya y el cielo lo celebra con algunos zambombazos, preludio de la tempestad que se avecina. Al final del último rappel, nada más poner el pie en el glaciar de Taléfre, cae sobre nosotros una fuerte granizada que nos impide celebrar debidamente haber salido vivos de esta aventura, pero lo que no me impide es fumarme medio cigarrillo mientras Javier pliega la cuerda. El otro medio se lo fuma el agua que cae mezclada con el granizo. En total han sido 7 horas de descenso.

La bajada hacia el refugio del Couvercle la hacemos bajo una manta de aguanieve, amenizada por un constante fulgor de rayos y chispas que caen a nuestro alrededor. Las cumbres del Moine, las Jorasses y las Courtes son un constante flamear eléctrico, no nos gustaría estar allí. Los truenos retumban dejándonos sordos e invitando a apresurarnos. Tendría gracia que un rayo nos dejase fritos ahora.

En medio de un prematuro anochecer a causa de los nubarrones y una fuerte ventisca, llegamos a la puerta del refugio del Couvercle. Nuestro bagaje es de 20 horas de actividad ininterrumpida, dos cuerpos magullados y helados, y dos corazones plenamente enriquecidos por la victoria que acaban de cosechar. Y, como no, dos estómagos tan vacíos que una hora después, toda la parroquia del comedor del refugio quedará estupefacta viéndonos cenar la ración de tres o cuatro personas y viendo esa satisfacción que se nos pinta en el rostro cuando la encantadora guardesa se chiva a todo el mundo de que venimos de la Verte, habiendo retrocedido la madrugada anterior unas 10 cordadas al pie del Whymper.

También nos enteramos de que la guardesa nos había visto a media mañana mientras bajábamos y dudando que lo hiciéramos enteros, había llamado al helicóptero de rescate, que no oímos por el estruendo de las avalanchas. El piloto le dijo luego por radio que bajábamos bien y no habíamos hecho señales de socorro. Tampoco lo habíamos visto.

Y el resto…, bueno, son avatares de una cara norte en los Alpes y que debe aceptar todo aquel que vaya a enfrentarse a una de ellas. Al día siguiente, cuando salimos de la estación del tren cremallera de Montenvers, tras haber descendido la Mer de Glace, y pisamos las calles de Chamonix, diluviaba. Javier y yo nos miramos y sonreímos.

Joan Grifoll