Las Tertulias de Libros de Montaña – LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL

LOS CONQUISTADORES DE LO INÚTIL de Lionel Terray.
Dos volúmenes. Editorial RM – Barcelona. 1982

Siempre he admirado la frase que da título al libro que nos ocupa y que, con su brevedad, sin retórica ni artificios literarios, es capaz de sintetizar el personal y desinteresado talante de renunciar a la seguridad y confort, para enfrentarse físicamente, sin nada a cambio, al rigor y peligro de las montañas de dificultad. Las simplificaciones no son fáciles y mucho menos en una actividad tan compleja y cargada de subjetividad como es la pasión por subir montañas, cuya difícil explicación está condenada de antemano a la generalizada incomprensión. Bajo un punto de vista meramente “lógico”, no es fácil de entender para una mayoría tan singular esfuerzo que lleva al individuo al límite personal, sin recompensas económicas por ello, motor que decide la mayoría de proyectos individuales o colectivos. Muchas veces he repetido esta frase feliz, no solamente aplicada en un contexto montañero, sino referido a otras áreas, donde el comportamiento y la dignidad humana, se identifican con los conquistadores de lo inútil.

Lionel Terray (Grenoble 1921- Vercors 1965), es, sin duda, uno de los más grandes alpinistas de todos los tiempos, con un excepcional conjunto de ascensiones y escaladas extremas realizadas en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, dentro de un brillante periodo de grandes cambios en materiales, técnicas y superación de los límites en la escalada, etapa en la que destacó el alpinismo francés y en la que logró coronar el primer 8.000, el Anapurna. Lionel formó parte de la resistencia en las zonas alpinas durante la guerra, junto a grupos guerrilleros constituidos por alpinistas que ponían al servicio de la lucha contra los alemanes, su pericia montañera y la movilidad sobre un abrupto territorio que les era familiar y que les permitió asestar audaces golpes de mano a los alemanes.

1945: Final de la Guerra Mundial, Terray comparte escaladas durante años, formando cordada con la élite del alpinismo francés de posguerra: el listado es largo de míticos nombres, entre ellos, Rébuffat, y, especialmente, Louis Lachenal, con el que mantuvo una fuerte y duradera amistad: ambos nacidos en 1921, compenetrados en sus objetivos, conformaron la más potente y extraordinaria cordada del momento. Físicamente muy bien dotados y fuertemente apasionados por la escalada, realizan una serie de espectaculares ascensiones, primeras absolutas consideradas hasta el momento como imposibles y repetición de las clásicas más difíciles, como el Espolón Walker, La Grandes Jorasses y la segunda ascensión de la norte del Eiger, escaladas resueltas con gran rapidez de actuación. Louis Lachenal, falleció a los 35 años esquiando en el Valle Blanco.

El profesional. Guía de montaña desde el año 1949. Otros históricos alpinistas, igualmente se profesionalizaron: el alpinismo con guía canalizó muchas vocaciones de jóvenes que, como Terray, podían de esta forma mantener la pasión por las montañas y contar con un soporte económico. En este sentido, Lionel un buen esquiador (con poco más de tres años, calzó por primera vez los esquís), que llegó a campeón de Francia y en 1960 hizo el primer descenso con esquís de la cara norte del Montblanc, fue instructor en ocasiones y durante dos temporadas impartió clases en el Canadá. Como guía colaboró con el gran cineasta de la montaña Marcel Ichac, rodando, entre otras la hermosa película titulada Les etoiles de Midi. Lionel fue autor de importantes reportajes de montaña que rodaba durante sus expediciones y que, proyectadas y comentadas por él mismo, recaudaba recursos para las expediciones.

Su carrera profesional le diferencia en gran manera de otros relatos protagonizados por personajes que pudieron dedicar su vida a la montaña y la exploración, asegurados por su fortuna personal. Lionel habla con respeto del trabajo, de la función y responsabilidad del guía profesional, de la relación humana con el cliente, que pasa en muchos casos a ser amigo en la cordada, sin vínculo económico: sus reflexiones y elogios de una forma de vida, muy bien podrían calificarse como decálogo, ética y dignificación del oficio de guía.

El Anapurna (1950). Literariamente este capítulo es para mí el mejor del libro y lo tengo en mis recuerdos como uno de los más bellos de los que he tenido la suerte de leer, un conmovedor y emotivo relato de la lucha desesperada por la supervivencia, de la solidaridad y a de la amistad, llevados hasta el límite del rigor mortal. La gran cordada integrada por Herzog y Lachenal, por completo agotados después de hacer cumbre y con severas congeladuras, salvan la vida gracias a Lionel y Rébuffat, entregados por completo en la ayuda a sus compañeros. El largo capítulo recoge la compenetración de un equipo muy competente que afronta y vence al primer 8.000 de la historia, lograda a un elevado coste de amputaciones de manos y pies de los componentes de la cordada de la cumbre. La conquista del Anapurna (8.091 metros) abrió una nueva etapa del alpinismo, una verdadera competición por la conquista de los ochomiles. Con afectiva dedicación, Lionel habla de forma elogiosa de sus compañeros de expedición, la élite del alpinismo del momento, y de sus vidas posteriores a la expedición, en la que varios miembros murieron tempranamente por accidente, incluidos el propio Lionel.

Con la participación en esta expedición llegó para Terray la oportunidad de salir de los Alpes, donde había superado las cumbres y vías más difíciles y contaba con numerosas primeras mundiales y vías, algunas consideradas como inaccesibles, para medir su permanente reto de superación, con las más elevadas montañas de la tierra. Anapurna fue un cambio importante de objetivos en la vida Lionel Terray, fuertemente impactado por la aventura vivida y conmovido por la majestad del Himalaya, describe la larga marcha de aproximación, conecta con los nativos y goza de cada minuto de los bellos y variados escenarios que se van sucediendo. Habla con respeto de los sherpas que llevaron cargas de 80 kilos en la expedición, elogia su fortaleza, entereza de espíritu y compañerismo. Centra su actividad desde entonces, en las grandes cordilleras de la tierra: en menos de siete años, participó en siete expediciones diferentes en el Himalaya y los Andes:

Por tres veces más vuelve al Himalaya, con el resultado de: Makalu (8.490 metros), en 1955 con Couzy y el Jannu (7.710) 1962. Una de las cimas vírgenes más altas y espectaculares del Himalaya. Ambas cimas, ofrecían extremas condiciones técnicas.

En América. El Cervino de las Antípodas: capítulo sobre el fabuloso Fitz Roy, la impresionante montaña y su elegante y colosal aguja granítica terminal de 750 metros, primera mundial que realizó con Guido Magnone, de extrema dificultad técnica y el serio obstáculo del riguroso y letal clima patagónico, con escasos periodos de buen tiempo, vientos huracanados, frío intenso, tormentas y nieve y hielo en las paredes.

Nevado Huantsan, (6.395 metros). Nevado Pongos, (5.680 metros). El Nevado Chacraraju, (6.108 metros): El pico imposible, que titula un capítulo, el principal problema de los Andes, cumbre considerada por grandes y experimentados escaladores del momento, como más allá de las posibilidades humanas de ascensión. Taulliraju (5.830 metros). Además de otras cimas conquistadas, primeras mundiales, escaladas extremas y muy comprometidas, con problemática glaciar superior a los Alpes y que siguen manteniendo en la actualidad su categoría, demostrando la audacia y valía de nuestro hombre.

Una vez más en la literatura de montaña asistimos al relato autobiográfico: Los conquistadores de lo inútil, en su denso contenido, no es solamente la crónica de las proezas de su autor, sino la exteriorización de una profunda pasión por las montañas que de forma tan singular definió su vida y su colosal esfuerzo en perseguir sus objetivos. Demuestra que no solamente sabía escalar, sino también expresar con buena literatura sentimientos y ensueños tan difíciles de expresar: nada deja fuera de sus entrañables evocaciones, sus dudas, inciertos inicios e inquietudes. Recuerda con estima a sus amigos y personas con las que compartió sus magníficas ascensiones. No hay autocomplacencia en el relato de sus espectaculares éxitos, pero si satisfacción por lo logrado, con observaciones que son una lección para el escalador.

En 1961 Lionel terminó este libro. En 1964 fue su última gran escalada, al Huntington, en Alaska (3.731 metros), formidable pirámide de roca y hielo. En 1965, murió en Vercors, en una en una vía de escuela sin dificultad. Lionel cita las 10 caídas graves en su vida y su exposición al límite en el Fitz Roy, el Anapurna y otros lugares que le llevaron al borde de la muerte: “El objetivo del alpinismo no consiste en exponerse a los riesgos, pero los riesgos forman parte del juego”, nos dice en su libro. Paradójicamente, uno de los grandes del alpinismo de todos los tiempos, que durante 25 años desafió a sus propios límites mortales en el duelo con la montaña, perdió la vida a los 44 años de edad ante una fácil ruta. No es un hecho aislado, hay muchos casos semejantes en la historia del alpinismo, una amarga lección que nos recuerda, que siempre en la montaña hay un riesgo latente que obliga a no olvidar la prudencia, ni ante mínimas dificultades.

Los conquistadores de lo inútil ya es un clásico de la literatura de montaña, la obra de un intelectual en pos del ensueño de conquistar lo inútil, un goce su lectura, no solamente para conocer una parte de la historia del alpinismo, sino como exaltada expresión de la condición humana ante la atracción y belleza fascinante de las montañas.

Rafael Cebrián Gimeno