Las Tertulias de Libros de Montaña – LOS TRES ULTIMOS PROBLEMAS DE LOS ALPES

Queridas compañeras y compañeros.

Uno de los proyectos que teníamos algunos compañeros de la Secció de Muntanya era el de aprovechar las bibliotecas particulares que algunos tenemos para dar a conocer libros de montaña, en principio antiguos. La idea era que un jueves al mes, antes de cenar en la sede de la Societat Excursionista de València y durante media hora el propietario del libro haría una exposición-resumen del ejemplar para darlo a conocer y que los miembros de la Secció lo pudiesen ojear, ampliando así los conocimientos de cada uno, en este caso de literatura de montaña.

Independientemente de que en un futuro llevemos a cabo este proyecto, las presidentas de la Secció me han animado a empezar algo parecido por escrito, que aparezca en el apartado de la Secció de la web de la Societat Excursionista de València, y así poder contribuir a amenizar este exilio social a que nos tiene sometidos el Sr. Coronavirus.

Con esta nueva serie de artículos pretendemos que os animéis a participar, que hagáis comentarios sobre el libro que os exponemos, para ello tenéis al final de este artículo un apartado que pone comentarios, no dudéis en hacerlos, queremos vuestra participación, los comentarios para evitar tener el maldito SPAM tienen que ser aprobados, no os asustéis si no salen en el momento, en cuanto estén aprobados irán saliendo, venga a que estáis esperando, leer el artículo y hacer los comentarios sobre él.

LOS TRES ULTIMOS PROBLEMAS DE LOS ALPES de Anderl Heckmair
Editorial Juventud. Colección Edelweiss. Barcelona, 1953

LOS TRES ULTIMOS PROBLEMAS DE LOS ALPES

El libro que nos ocupa hoy contempla un momento en que el alpinismo, en opinión de los coetáneos a los hechos relatados, termina con los desafíos que la cordillera de los Alpes podía plantear tras el fin del llamado “alpinismo romántico” o de conquista y esos tres últimos problemas son las tres caras norte del Cervino, Eiger y Grandes Jorasses. El futuro se desplazaba a las más altas cordilleras: Andes, Himalaya, Karakorum…

Heckmair, artífice de la resolución de uno de los problemas, la Eigerwand, nos introduce en el ambiente alpinístico de la época referida, los años 30 del s. XX. Finalizada la década, llegaría la II guerra mundial y tras ella nuevos planteamientos alpinísticos con nuevas generaciones. El autor fue un insigne representante de la llamada “Escuela de Munich”, que aglutinó a algunos de los mejores alpinistas de la preguerra: Dülfer, Solleder, Welzembach, Merckl…

El primero de los problemas en ser resuelto fue el de la norte del Cervino (Matterhörn). Fueron los hermanos Toni y Franz Schmidt, igualmente de la Escuela de Munich, el 1 de agosto de 1931 los que lo consiguieron. Para ello fueron en bicicleta desde Munich hasta Zermatt, sin haber comunicado a nadie sus planes, mientras Heckmair, acompañado de Gustl Kröner, asediaba la norte de las Jorasses. Rechazados por el mal tiempo se conformaban con escaladas a la norte de los Grands Charmoz, Dent du Requin…  A los hermanos Schmidt les costó dos días su escalada, llegando a la cumbre en plena tormenta, por lo que tuvieron que refugiarse otros dos días en la cabaña Solvay. Por desgracia, el verano del 31 termina trágicamente para el alpinismo muniqués con la muerte de Hans Brehm y Leo Ritter en la norte de las Jorasses. Precisamente habían concertado con Heckmair y Kröner encontrarse en Chamonix para enfrentarse juntos a tan temible muralla.

El autor enfoca el libro en primera persona, contando sus experiencias alpinas en los momentos en que se simultanean con las conquistas de los problemas, lo que sumerge al lector en el ambiente, el pensamiento y la mentalidad de los alpinistas de los años 30: van en bicicleta desde Munich a Chamonix, Zermatt, Grindelwald o cualquier otro destino alpino, enviando el equipo por tren; llegan a refugios abiertos (sin guardas), en los que dejan su equipo de escalada guardado si tienen que descender al valle; pasan veranos de dos o tres meses escalando y pedaleando por los Alpes y reconocen clavijas de otros compañeros porque las ha fabricado el mismo herrero de Munich.

Heckmair estaba empecinado en ser el primer conquistador de una de las tres caras norte, por lo que tras el descarte del Cervino, se centró en las Jorasses cuya escalada intentó varias veces durante el verano de 1934, hasta que la muerte del alemán Haringer hizo desistir a las cordadas que permanecían en el refugio de Leschaux. En 1935 no pudo intentarlo por un accidente mientras entrenaba, en el que se fracturó un tobillo y mientras se recuperaba le llegó la noticia de que la norte de las Jorasses había sido conquistada por Rudolf Peters y Martin Maier, su compañero del año anterior. La Escuela de Munich continuaba protagonizando los mejores momentos del alpinismo europeo.

Escalada a la Eigerwand

El lector se sorprende al leer que la cara norte de las Grandes Jorasses no fue conquistada por los célebres italianos Cassin, Tizzoni y Exposito, pero hay que recordar que dicha pared tiene varios espolones bien diferenciados, de los cuales, los más próximos a la cumbre son el Croz, el Whymper y el Walker, que va directo a la cumbre. Lo que se intentaba en los años 30 era trazar una vía en la cara norte y Peters y Maier lo hicieron en el espolón Croz. La cordada encabezada por Cassin escaló el espolón Walker en 1938, saliendo directos a la cumbre más alta (punta Walker), siendo esta ruta la que se considera actualmente como clásica de la cara norte de las Grandes Jorasses.

Dos tercios del libro, de la página 50 a la 156 los dedica el autor a la cara norte del Eiger, la Eigerwand, al ser suyo el protagonismo de dicha escalada y motivo principal del libro pese a su título. En este punto, comienza a enumerar y describir los intentos de escalada de la Eigerwand con lo que, dado el trágico balance, el relato se asemeja más en esas páginas a una crónica negra que a un libro de montaña. La muerte de Sedlmayer y Mehringer de 1935 abre la crónica y a continuación es la de Interstoisser, Kurz, Rainer y Angerer, de 1936, descrita en numerosos libros, películas y revistas. Además de su propia descripción, el autor incluye la crónica del corresponsal de un periódico suizo, que nos deleita con expresiones como: “A las 7.30 el cabeza de cuerda arregla un emplazamiento conveniente y, seguramente, clava una larga clavija en el pérfido hielo”, con las que disfrutamos del vehemente estilo periodístico de la época que añade un plus de dramatismo al relato.

En el capítulo IV, Heckmair nos describe los intentos de 1937, en los que parece que la Eigerwand se había convertido en una cuestión de honor para los muniqueses. Tras un intento del propio Heckmair, que para ver si estaba en forma escala la norte de la Cima Grande del Lavaredo, se produce otro de Hias Rebitsch y Wiggerl Vörg, uno de los mejores escaladores de Munich, rechazada por el mal tiempo.

Anderl Heckmair

Por fin llega 1938, año en que, como el autor desvela en el título del capítulo V, se produjo “la solución del problema”, capítulo que abarca un tercio de las páginas del libro. Heckmair relata de forma apasionada y muy amena el desarrollo del entrenamiento previo junto a Wiggerl Vörg, que será su compañero de cordada, así como de la propia escalada a la norte del Eiger. No habían escalado juntos anteriormente por lo que al conocerse en el Wilden Kaiser dice Heckmair: “…sin embargo, el momento de encontrarnos frente al hombre con el cual vamos a ligarnos a vida o muerte, es un momento extraordinario”.

El 12 de julio llegan a Grindelwald y se enteran de que unos días antes, los italianos Sandri y Menti cayeron en la pared, víctimas de una tempestad, y también de que dos cordadas de Viena están dispuestas para el ataque en cuanto las condiciones lo permitan. Una de ellas es la formada por Fritz Kasparek y Heinrich Harrer (autor del libro “Siete años en el Tíbet”). El 19 de julio, tras conocer que los vieneses van a atacar, Heckmair y Vörg hacen lo propio. El autor detalla en estas páginas los preparativos y el material a cargar para tan histórica empresa. A mediodía del mismo 19, con mochilas de más de 20 kg, emprenden la marcha hacia la base de la pared. Tras el primer vivac se encuentran con los cuatro austríacos y se bajan, seis en la Eigerwand son demasiados, pero la inseguridad meteorológica hace abandonar a una de las cordadas. Los muniqueses disipan todas sus dudas. A las dos de la madrugada, antes de ponerse en camino, su desayuno consiste en: “… cacao con leche condensada y doce huevos frescos. Su efecto se deja sentir inmediatamente sobre nuestros músculos que están tensos como resortes”.

Heinrich Harrer

Gracias a sus crampones de 12 puntas (los austriacos los llevan de 10 y un solo par para los dos), alcanzan a Harrer y Kasparek a las 11.30, a la salida del segundo helero, y se unen a ellos en una sola cordada. El relato de la escalada se convierte en una apasionante sucesión de momentos de escalada extrema en los que el autor nos sumerge en la historia como si estuvieramos en uno de los extremos de la cuerda.

Siempre con Heckmair como primero de cuerda, se van sucediendo los escalofriantes pasajes: “la rampa”, “la travesía de los dioses”, “la araña”… Tras soportar una avalancha de nieve y grava que deja herido a Kasparek en una mano, instalan un nuevo vivac (el segundo para los alemanes y el tercero para los austríacos), ya cerca de las llamadas “chimeneas de salida”.

La cara norte del Eiger

El último día tienen que vérselas con una violenta tempestad y el relato del autor se presenta intenso y dramático. Nos cuenta paso a paso cómo iba resolviendo las terribles dificultades técnicas, multiplicadas por las condiciones meteorológicas. Entre avalanchas que les alcanzan de lleno, resbalones y caídas provocadas por el hielo, de las que en algún caso se salvan milagrosamente, y la tempestad que arrecia, a las 15.30 del tercer día de escalada (cuarto para los de Viena), alcanzan la cumbre. Han resuelto el tercer y más peligroso problema de los Alpes.

En un cuarto capítulo, Heckmair cuenta el descenso y el recibimiento victorioso en el valle, esos gloriosos momentos que vivirán siempre con los protagonistas y que hay que leer detenidamente para poner imágenes en la mente del lector.

Finalmente, el autor incluye un capítulo VII, que no va en la edición original alemana sino que lo escribió adrede para la edición francesa, en el que relata su escalada al espolón Walker de las Grandes Jorasses, 20 años después de la Eigerwand, y que había sido conquistado, como hemos dicho anteriormente, por Cassin, Tizzoni y Exposito en agosto de 1938, el mismo año del Eiger.

Es pues un libro apasionante en muchos aspectos, entre ellos por el contenido histórico, pero sobre todo por la forma entusiasmada de exponer los acontecimientos que tiene el autor, uno de los mejores alpinistas de todos los tiempos, que probablemente nunca ocupó el lugar que le corresponde en la historia, quizá porque casi toda su carrera se desarrolló en los Alpes y no dio el salto a las grandes cordilleras. El capítulo VI lo cierra con estas líneas: Una recompensa inapreciable perdura: el recuerdo imperecedero de las aventuras vividas que nos acompaña durante toda nuestra vida. Cuanto más dura es la lucha y más intenso el peligro, mayor y más hermosa es la recompensa”.

Joan Grifoll