HISTORIA Y EVOLUCIÓN DEL MATERIAL DE ESCALADA

Los primeros tiempos Aunque históricamente ya se registran ascensiones a algunas montañas, como las del...

Los primeros tiempos

Aunque históricamente ya se registran ascensiones a algunas montañas, como las del Monte Olimpo, Canigó, Mont Aiguille…, se considera que la historia del alpinismo comienza con la primera ascensión al Mt. Blanc por Balmat y Paccard, en 1786. Desde ese inicio histórico, comienza la llamada “etapa del alpinismo de descubrimiento”, o del “alpinismo romántico”, que comprende los años en los que la finalidad era ascender a una montaña por vez primera. Se considera que esta etapa terminó con la ascensión al Cervino en 1865, dando paso a la época inicial del alpinismo y la escalada de dificultad, en la que se buscaban itinerarios de mayor compromiso, lo que hizo crecer la capacidad técnica de los alpinistas y, como consecuencia, que se fuera prescindiendo progresivamente del concurso de los guías profesionales, que se limitaron a acompañar a los aficionados de menor nivel.

Desde el primer momento, la cuerda formó parte del equipamiento de los alpinistas, de hecho, Balmat y Paccard llevaban una, aunque lo cierto es que su eficacia como elemento de seguridad era más que dudosa. Su uso se limitaba a anudarla en la cintura y sujetarla con las manos, o bien si la ascensión se desarrollaba en roca, a fijarla en algún saliente, en doble para descender por ella. También en algunos casos se lanzaba para ver si se conseguía enganchar en alguna prominencia de la roca, como hicieron Don Pedro Pidal y el Cainejo en su primera escalada al Naranjo de Bulnes, en 1904.

Estas primeras cuerdas, de cáñamo, no se diferenciaban de las que utilizaban los arrieros. Con el tiempo, se fueron fabricando cuerdas específicas. Al constatar que el cáñamo se partía con facilidad en caso de caída por el constreñimiento de sus fibras, comenzaron a fabricarse de cáñamo y seda. Con la seda se conseguía ahuecar el espacio entre las fibras de cáñamo, lo que dotaba a la cuerda de un cierto dinamismo. Pese a todo el problema del cáñamo seguía siendo que con la humedad, poco a poco se iban pudriendo las fibras, con lo que su resistencia se mermaba drásticamente. En 1930, el francés Dupont inventó el nylon, un polímero de gran resistencia que al ser artificial, resultaba imputrescible. En 1948, se utilizó el nylon para fabricar la primera cuerda sintética trenzada, lo que hizo el fabricante Francis Joanny con el consejo técnico del alpinista Pierre Chevalier. El invento revolucionó el mundo de la escalada y supuso un hito fundamental en el del alpinismo en general. En 1952 se introduce un alma central en las cuerdas y una funda exterior que las protege de la abrasión, iniciándose así el tipo de fabricación moderno que sigue evolucionando sin cesar pero con las mismas bases de fabricación. Poco a poco se ha ido cambiando el polímero básico para perfeccionar las cuerdas, buscando una mayor resistencia a la ruptura, elasticidad y resistencia a la abrasión y a los impactos en cantos de roca. El perlón y la poliamida han sido los materiales predominantes.

Del alpenstock al piolet

El guía Michael Croz, con su alpenstock

Los primeros guías de montaña nacieron en Chamonix, al hilo de la fama adquirida tras la ascensión al Mt. Blanc. Como es lógico, fueron los mejores conocedores de las montañas aledañas los que empezaron a desempeñar el oficio, y estos no eran otros que los cazadores y los buscadores de cristales. Los practicantes de ambas actividades, verdaderos oficios entonces, ya utilizaban la cuerda y un “hacha de hielo” para desplazarse por los glaciares en sus búsquedas. Esta hacha era de mango corto, coronada por una pieza metálica en forma de hacha por un lado y hazada por el otro, y se empleaba para tallar escalones en el hielo. Con la consolidación del oficio de guía de montaña, se mejoró la herramienta para aumentar sus prestaciones, apareciendo el “alpenstock” (bastón alpino), que había aumentado su longitud hasta unos 2 metros, sustituyendo el hacha inicial por un pico. Dicho pico servía para ser clavado en el hielo y formar así un asidero, mientras que la hazada seguía sirviendo para tallar escalones en el hielo. La mayor longitud del bastón permitía sondear la nieve en busca de posibles grietas.

Con el aumento de la dificultad, basada en la pendiente de nieve o hielo que se afrontaba, se van atacando pendientes de mayor graduación, en busca de esa verticalidad imposible de afrontar en aquellos tiempos. Con ello, la herramienta se va adaptando a las nuevas necesidades. En 1840, se reduce a un metro y medio la longitud del mango y se consolida la pieza metálica, buscando una mayor efectividad, con lo que se forma una especie de pica de hierro de unos 2 kg de peso, muy difícil de manejar. Unos 25 años después, el hacha evoluciona, colocándose en posición perpendicular con respecto al mango, en lugar de transversal, facilitando así el tallado de escalones. El pico por su parte, se va alargando y curvando, dando forma al piolet, que se inserta en un mango de madera de fresno al que se provee de un herraje en su parte inferior (regatón), que servirá para facilitar su clavado en nieve dura.

La aparición de los crampones, a principios del s. XX, libera en parte el uso del piolet para el tallado de escalones, con lo que se acorta hasta aproximadamente un metro. La pala se va aplanando y empiezan a aparecer los primeros dientes en el pico para evitar que se desclave fácilmente. Hemos llegado al piolet convencional.

Poco a poco, la herramienta se irá perfeccionando y diversificando con las exigencias técnicas del aumento de la dificultad y la aparición de nuevos materiales y aleaciones.

En la década de los 60, se generaliza la práctica de un agujero en la cruz del piolet (entre la pala y el pico), para insertar un mosquetón que sirva de elemento de seguro, al tiempo que se añaden más dientes en el pico y aumenta ligeramente su curvatura, es el modelo “superconta”, ideado por el genial guía ‘chamoniard’ André Contamine. La evolución ya es imparable, en los 70 aparecen los primeros piolets metálicos, más ligeros y resistentes que los de madera, los martillos-piolet, con una maza que sustituye a la pala y que servirá para martillear pitones de roca o hielo. Dicha herramienta es introducida por la fábrica Claudius Simond, en su modelo ‘Chacal’.

Hacia los 80, aparece la hoja de “banana”, la dragonera y se acortan los mangos hasta unos 35 cm., permitiendo afrontar pendientes de hielo totalmente verticales, e incluso desplomadas. Un modelo de martillo-piolet totalmente revolucionario fue el “Peck terrordactyl”, muy generalizado en Inglaterra gracias a Hamish McInnes, cuyo pico era totalmente recto, desprovisto de curvatura.

Desde este momento hasta la actualidad, se han perfeccionado las curvaturas, los materiales, se han introducido las hojas, palas y mazas intercambiables, y sobre todo se ha llegado a una enorme especialización, según el tipo de actividad que se vaya a afrontar.

Los crampones

Ya en el s. XVI, los pastores de los Alpes utilizaban una serie de instrumentos para facilitar y hacer más seguro su tránsito por las montañas, especialmente en presencia de hielo o nieve. Uno de estos artilugios eran los “grapettes”, pequeñas piezas de hierro dentadas que se fijaban a las suelas de las botas por medio de correas. Con el tiempo, se fue ampliando hasta cubrir la suela entera, llegando a la denominación de “crampón”.

Grapette de cuatro puntas

Pese a la existencia de estas herramientas, en los primeros tiempos del alpinismo no se utilizó nada semejante. Durante las primeras décadas se utilizaron las botas claveteadas, que ofrecían una cierta adherencia al hielo, pero resultaban muy incómodas al desplazarse por la roca.

En 1908, el alpinista inglés Oscar Eckenstein (1859-1921) diseñó un crampón a medida para sus botas, encargando su fabricación al herrero de Courmayeur Henry Grivel, que utilizó acero de raíles de tren para su fabricación, incorporándolo al equipamiento de la expedición que dirigió en 1902 al K2. Eran crampones de 10 puntas, todas ellas perpendiculares al plano de la suela, y sujetos con correas de cuero y con una pequeña barra de metal en la talonera que evitaba su desplazamiento adelante o atrás.

Pese a todo, no todos los alpinistas eran partidarios del uso de los crampones. En 1902 nacieron los “tricounis”, unos herrajes que se fijaban de forma permanente a las suelas y que tuvieron gran difusión durante algunos años pese al inconveniente de ser fijos, lo que implicaba los mismos inconvenientes que las botas claveteadas, aunque los tricounis eran reemplazables en caso de pérdida.

En 1929, el hijo de Henry Grivel mejora el modelo fabricado por su padre, añadiéndole dos puntas adelantadas de forma horizontal. La confirmación de la utilidad de dichas puntas se materializó en la conquista de la Eigerwand en 1938. La posibilidad de afrontar de cara las pendientes de hielo, eliminando la necesidad del tallado de escalones, supuso una revolución en la técnica de la escalada en hielo.

En 1962 la marca alemana Salewa añade una barra dentada entre la parte frontal y trasera del crampón, permitiendo variar su longitud. En 1980, el alpinista americano Jean Paul Frechin patentó unos crampones en los que dicho ajuste se realizaba mediante una barra metálica perforada con agujeros.

A finales de la década de los 60, aparece en escena el innovador alpinista Yvon Chouinard, que con una imaginación envidiable se dedica a diseñar nuevos modelos en muchas herramientas de escalada (pitones, tornillos de hielo, etc.), entre ellas un crampón totalmente rígido, lo que facilitaba la homogeneidad en el conjunto crampón-bota.

En 1972, otro americano, el gran alpinista Mike Lowe, incorpora una fijación trasera similar a las fijaciones de esquí. Son los primeros crampones semiautomáticos, que pronto darán lugar a los totalmente automáticos, que se generalizaron con el uso de las botas de plástico, ya en la década de los 80.

Como en el caso de los piolets, los crampones modernos han alcanzado un elevado grado de especialización. Hoy podemos encontrar crampones específicos para cualquier modalidad de alta montaña, con unas altísimas prestaciones.

No podemos terminar el capítulo de los crampones sin mencionar lo que se ha llegado a llamar los “antiboot”, o antizueco, unas piezas de caucho que se acoplan en la base del crampón para evitar la acumulación de nieve y los consecuentes resbalones. Este invento se lo debemos de nuevo al americano Jean Paul Frechin.

Los mosquetones

Antiguamente conocidos como conectores, los mosquetones comenzaron básicamente como anillos metálicos de diferentes formas que se abrían mediante un gatillo que se cerraba automáticamente por el efecto de un muelle. Es el elemento de unión entre un punto de seguro y la cuerda que une a los escaladores.

El alpinismo y la escalada en roca están necesariamente ligados a la evolución del material de equipamiento, en el que el mosquetón es uno de los elementos principales. La primera aparición de este elemento del material de escalada se remonta a los años 60 del s. XIX. Curiosamente su invención se debe al cuerpo de bomberos de Munich, que ya utilizaban los “karabinier” unidos a sus cinturones de trabajo.

Lucien Devies describe al alpinista alemán Otto Herzog (1888-1964) como el pionero de la introducción del mosquetón en las técnicas alpinas de principios del s. XX.

Hasta 1941, todos los mosquetones estaban fabricados con hierro acerado, pero debido a la escasez de este material durante la Segunda Guerra Mundial, Bill House, un escalador estadounidense, colaboró en la producción de los primeros mosquetones de aleación de aluminio, que resultaron ser tres veces más ligeros que los de acero. Desde 1958, el reconocido escalador francés Pierre Allain desarrollo el modelo “Zicral”, con un alto porcentaje de aluminio y zinc.

La secuencia de innovaciones es esta:

1935.- Creación del primer mosquetón con seguro a rosca.

1939.- Pierre Allain (Francia, 1904-2000) confecciona los primeros mosquetones de aluminio (duraluminio, más precisamente). Este tipo de mosquetón no se comercializó inmediatamente. Allain también es el inventor de las chaquetas de pluma de ganso (Duvet), los pies de gato y el primer descensor, en 1943.

1950.- Comercialización de un modelo P. Allain en duraluminio, muy próximo a las formas actuales.

1958.- Pierre Allain crea el famoso mosquetón zicral, con mejores características mecánicas.

1970.- El escalador cordobés Aldo Sánchez desarrolla los primeros mosquetones en duraluminio de nuestro país, cuya resistencia a la tracción llega a los 2.000 kg.

1975.- Clog propone el primer mosquetón de bloqueo automático.

1984.- Jean P. Frechin (Austria) desarrolla el primer mosquetón con cierre curvo.

En España, el precursor fue Miguel Dediol, radicado en Mendoza, que comenzó fabricando crampones, clavos y mosquetones para el ejército argentino. Fabricó tres tipos de mosquetones, uno de ellos oval, en forma de pera y otro oval con cierre de seguridad.

Las botas: De las alpargatas al pie de gato.

La historia del alpinismo está íntimamente ligada a la de las herramientas y las técnicas que acompañan la conquista de la altitud. “El éxito de una ascensión depende mucho de la calidad de las botas y su adaptación”, escribió el francés Georges Casella en una guía de alpinismo publicada en 1913. Pero muchas han sido las épocas, las escaladas y los inventos con los que se han pisado las montañas.

Prendado del Cervino, el italiano Guido Rey, alpinista, escritor e industrial, tenía cuarenta y nueve años (1910) cuando visitó por primera vez los Dolomitas. Allí descubrió una roca, un estilo y un par de zapatillas. Guido Rey, en el macizo del Catinaccio, hizo la Torre Winckler detrás del diablo con suelas de gato, Tita Piaz [una imitación tosca y andrajosa de unas alpargatas denominada le scarpe da gatto, unos “pies de gato incipientes”].

Se sintió encantado por unos movimientos gimnásticos desconocidos en los Alpes occidentales. La roca subyuga, intoxica a Guido Rey. Las alpargatas también. Le parecieron maravillosamente adaptadas a esta roca: «La flexible suela de cuerda hace sentir los apoyos y se adhiere, se agarra en los granitos más suaves; el pie se amolda a las formas de la roca como si estuviese desnudo; siente la excelencia de la roca que lo soporta y, cuando se vence la desconfianza, se siente seguro encaramado a imperceptibles salientes en las paredes verticales».

Rabadá y Navarro con sus alpargatas de cáñamo

Guido Rey calificó estas alpargatas con el adjetivo mágicas, que se transmitió de generación en generación. «Para mí, ir calzado por primera vez con alpargatas mágicas es algo completamente nuevo; me parece que dan al paso una elasticidad y al cuerpo una ligereza ideales; y el miedo que siempre ha despertado en mí el aspecto abrupto de la pared deja sitio a un sentimiento de confianza, a una borrachera por la ascensión como si me pusieran alas en los pies», dijo Guido Rey. Los pies dan confianza y calma, esa calma que nos abre los ojos. Tita Piaz se lo repite a Guido Rey: «Se sube con los ojos; busca con calma y encontrarás por todas partes dónde poner el pie».

En estos años (1900) y durante la «batalla del sexto grado» (1920-1940), preocupados por la precisión o por la economía, para no estropear sus alpargatas tras solo unas horas de escalada, algunos acróbatas de los Alpes orientales escalaban completamente descalzos. En Cassin, il était une fois le sixième degré (Cassin, érase una vez el sexto grado), Livanos cita el caso de Hans Graffer, un especialista de las Dolomitas del Brenta, quien decía que sabía que se encontraba con un sexto grado cuando tenía que quitarse las alpargatas.

Hans Vinatzer, maestro del sexto grado y carpintero, se descalzaba ante las grandes dificultades. Subió descalzo por la cara Sur de la Punta di Rocca (Marmolada, 1936) por pasos donde, cuarenta años más tarde, sus herederos más destacados dudaban de sus dedos y de sus suelas.

Desde 1900, en Saxe, sobre la arenisca del Elba (Elbsandsteingebirge, paredes de un centenar de metros), el hábito de escalar descalzo se hizo habitual con la finalidad de trabajar la dificultad y el arte del movimiento. Uno de los mejores escaladores de esta escuela, Rudolf Fehrmann, logró escalar antes de 1914 algunas vías históricas en las Dolomitas. El diedro que lleva su nombre en el Campanile Basso del Brenta es de una notable simetría y verticalidad.

Caucho con relieve y sin él: la Vibram y el pie de gato Pierre Allain

El Manuel d’alpinisme de 1934 precisaba: «Con el caucho bajo diferentes formas se obtiene la mayor adherencia en todas las rocas pulidas». La suela Vitale Bramani, llamada Vibram, es una suela rígida de caucho con relieve. Por otro lado, la suela Pierre Allain es una suela flexible en caucho liso.

El pie de gato de los Drus es el prototipo de la zapatilla que Pierre Allain fabricó y comercializó después de la guerra (1948) bajo sus iniciales (P.A.). El pie de gato cambió de nombre después de quince años y se expandió bajo las iniciales de Édouard Bourdonneau (E.B.), zapatero y exsocio de Pierre Allain. El inventor, privado de su invención, diseñó un nuevo P.A. fabricado por Richard Pontvert con refuerzos en tela roja, ligeramente armado, mucho menos popular que el E.B.

En 1930, la búsqueda del sestogrado superiore obligaba a los escaladores a encontrar otros movimientos u otras herramientas: la invención estaba a la orden del día. Pierre Allain no era el único escalador que buscaba el material ideal para la suela de un pie de gato.

Después de 1945, los alpinistas franceses no dudaban que la Vibram fuera a ser la suela del futuro, pero con las penurias de postguerra hacía falta el talento y la destreza de un manitas para hacerlo posible y extraer una buena suela de un trozo de neumático.

Pierre Leroux: «Hacía falta partir de bandas de rodadura de neumáticos de camión, pero el diseño de los neumáticos nuevos —suponiendo que se pudiesen conseguir— no era el adecuado. Por ello, había que encontrar, lo que ya no era fácil, un neumático de camión usado, de gran diámetro, con banda lisa para que la superficie fuese lo más plana posible”. En esta materia prima tallaba una tosca plantilla de las suelas y, luego, utilizando una sierra para metales y una navaja Opinel reafilada constantemente, intentaba obtener, haciendo surcos en toda la superficie del caucho, los famosos dibujos en relieve que debían permitir su adherencia a la roca y, a la vez, sujeción correcta sobre la nieve.

Para llegar a buen puerto en este trabajo, hacía falta tener buena mano y una paciencia infinita. Cuando por fin estas suelas estaban esculpidas, las pegaba y atornillaba bajo una palmilla de cuero. El resultado valía la pena a pesar de que existía cierta tendencia a que se despegaran con el uso».

Amigos desde hacía poco, a Louis Lachenal y Lionel Terray les devoraba la curiosidad y la impaciencia. ¿A qué se parecía el sestogrado? ¿Sería necesario, como se hacía antes de la guerra, atacar el espolón Walker con un par de botas claveteadas para la nieve y el hielo y un par de alpargatas para la roca? En estas placas de sexto grado (una graduación Cassin, de la que se desconfiaba bastante) resultaba imposible no hacer más pesada la mochila con este par de botones tan pesados como las mil páginas de un listín de teléfonos.

Lionel Terray con sus botas rígidas
y la mítica Galibier Super Guide

Lachenal tenía conocimientos de zapatería. Montó suelas artesanales de caucho en una especie de botín de cuero y fabricó dos pares de botas, prototipos, según Terray, de todas las botas Vibram que se venderían a partir de entonces: «Con una extraordinaria habilidad, completamente artesanales, dos pares de botas que, salvo por algunos detalles, eran similares a las que todos los escaladores utilizan hoy en día». Terray juraba que eran más ágiles con botas firmadas por Lachenal que con la mejor de las alpargatas: «En la escalada en roca una mayor rigidez de la suela hacía posible la utilización de hasta las más pequeñas irregularidades; y permitía, incluso, una agilidad superior a la que teníamos con las alpargatas». Calzada de ese modo, la cordada ejecutaría la tercera ascensión del Espolón Walker en 1946.

El mundo de la escalada y el alpinismo se dividió durante los años 30 y 40 entre los defensores del calzado flexible y adherente y los que propugnaban el uso de las botas rígidas provistas de suelas vibram. Después de la guerra, la generación de oro del alpinismo francés; Rebuffat, Terray, Couzy, Lachenal…, decantó la balanza hacia la bota rígida, opción a la que se unieron los mejores italianos del momento, como Cassin o Bonatti. Habría que esperar a la revolución del séptimo grado, materializada en inconcebibles escaladas llevadas a cabo en Yosemite, para retomar el uso de la suela lisa, implantada en el pie de gato. Eso sí, de uso exclusivo para la escalada en roca seca, como fijó Jim Bridwell en la expresión roca caliente.

La escalada en Yosemite supuso la consagración de los pies de gato.

Clavos y pitones de roca

Los primeros elementos de aseguramiento en escalada se reducían a pasar la cuerda por los hombros y “falcarse” en una posición de resistencia para intentar detener una posible caída. Eventualmente se utilizaban anillos de cuerda fijados a algún saliente de roca, por los que se pasaba la cuerda directamente. Ambos sistemas no dejaban de ser muy precarios. El mejor seguro era no caerse.

En su mítico libro Hielo, nieve y roca, de 1970, Gastón Rebuffat define así los clavos de escalada: “Los pitones o clavijas están constituidos por una lámina y una cabeza que lleva un agujero para permitir el paso de un mosquetón; son de hierro dulce, de acero duro o de aleación de acero y cromo-molibdeno, forjados en una sola pieza y con el agujero perforado en la lámina”.

Clavos maza y mosquetón de los primeros tiempos.

A finales del s. XIX, algunos escaladores como Paul Preuss, Frederick Mummery o Celestin Passet comenzaron a utilizar algunos clavos muy largos, con anillas móviles que utilizaban ocasionalmente para montar reuniones en las que recoger la cuerda mientras subía el segundo de la cordada.

Primeros clavos

Dos grandes cambios se produjeron a finales del siglo XIX y principios del XX, uno de ellos fue que los escaladores al atreverse con paredes más verticales, se encontraban con zonas que no podían superar en libre sin otro aseguramiento que los salientes de roca, así pues comenzaron a usarse los clavos no sólo para las reuniones sino también para proteger pasos delicados y con el tiempo y la aparición de los mosquetones, también para colgarse de ellos y poder superar un tramo, es decir, surgió la escalada artificial. Hasta la aparición de los mosquetones, había que deshacer el nudo de la cuerda cada vez que había que pasarla por la anilla de un clavo.

Durante esos primeros tiempos, los tacos de madera acompañaron a las clavijas para poder colocar seguros en las fisuras más anchas.

Los primeros clavos se fabricaban en aleaciones de hierro dulce, lo que facilitaba la adaptación del pitón a las anfractuosidades de la fisura, muy aptos pues para la roca caliza y zonas de grandes escaladas como los Dolomitas. El inconveniente de tales clavos era que esa adaptación en el interior de la fisura provocaba un inconveniente a la hora de extraerlo. El clavo se hallaba retorcido y doblado dentro de la grieta, dificultando en gran manera su extracción.

En rocas graníticas el clavo blando se dobla más aún, debido a la dureza de la roca, debilitando la resistencia del clavo y dificultando nuevamente su extracción.

John Salathé era un herrero suizo que emigró a California y empezó a escalar a la edad de 46 años. Yvon Chouinard le llamaría “el padre de la escalada en grandes paredes”. Salathé pronto comprobó que los clavos de acero blando representaban un problema grande en la roca granítica del valle de Yosemite. Los clavos se retorcían demasiado dentro de la grieta y en muchas ocasiones era necesario abandonarlos debido a la excesiva dificultad y tiempo consumido durante el proceso de extracción. Con tal motivo, y haciendo uso de ejes industriales de acero, Salathé se dedicó a manufacturar los primeros clavos de acero duro del mundo: los famosos y todavía en gran uso LOST ARROW. Con tales clavos era entonces posible progresar y proteger grietas finas. Su introducción en el equipo revolucionó la escalada tanto en libre como en artificial pues ahora los escaladores no necesitaban transportar toneladas de clavos y podían escalar un tanto más “ligeros”. A principios de los años cincuenta el escalador californiano Chuck Wilts inventaría el clavo fino de cuchilla KNIFE-BLADE, empleando para ello por primera vez acero cromo molibdeno. Cuando la escalada llegó a los Estados Unidos la mayoría de las caras norte y principales paredes de Europa ya habían sido ascendidas. Sin embargo, a partir de los años 50 y 60, los protagonistas en la escalada artificial y de grandes paredes serían los escaladores americanos, y en concreto aquellos establecidos en el valle del Yosemite.

Lost arrow

Yvon Chouinard al igual que previamente hizo John Salathé, inventaría a mediados de los 60 un nuevo clavo, el RURP. Un pequeño clavo fino como una cuchilla de afeitar y que se podía emplazar en cualquier grieta por muy fina que fuera. Tal invención igualmente ayudó a prescindir del empleo de buriles en esas grietas tan finas. Chouinard posteriormente

Knife blade

también inventaría los primeros empotradores excéntricos, material que en la larga ayudó a sustituir a los clavos y realizar por lo tanto una escalada más rápida y limpia.

Hasta entonces la maza, los clavos y los estribos representan el arsenal más importante del escalador. La escalada artificial es el sistema predominante a la hora de resolver prácticamente cualquier itinerario de pared. Desde las verticales paredes de roca caliza del Naranjo de Bulnes hasta las intrincadas y fisuradas paredes graníticas del Capitán, los clavos proporcionaron al escalador la ayuda necesaria para finalizar las rutas de ascensión. Tanto a la hora de progresar sobre los estribos como durante el aseguramiento de cuerda al compañero, la maza era necesaria para poder instalar los clavos en la fisura. No cabe duda que en paredes lisas carentes de fisura el buril reemplazó al clavo a la hora de progresar o de proteger el largo, al igual que hoy en día los tornillos de expansión ayudan a proteger esos largos carentes de fisura y por lo tanto ajenos al empleo de sistemas de expansión por levas (friends) o fisureros.

Rurp

Durante los años 70 y 80, son numerosos los modelos de pitones que inundan el mercado, entre ellos, los “bong”, de gran tamaño, aptos para fisuras anchas

En el año 1978 el escalador americano Ray Jardine dio un gran salto en la historia de la escalada gracias a la invención de lo que supondría la evolución en el mundo vertical: los FRIENDS.

Modelos de clavijas de los años 80

Paulatinamente y con la generalización de la llamada “escalada limpia”, los fisureros, empotradores y friends (empotradores por levas de expansión), van sustituyendo a las clavijas, que ya quedan relegadas a las grandes paredes y como material de emergencia o para maniobras de abandono.

El arnés

Durante les primeros tiempos de utilización de la cuerda, la costumbre era anudarla a la cintura, con lo que el riesgo de sufrir lesiones graves en una caída, era muy grande. Los escaladores eran conscientes de ello por lo que las precauciones que tomaban para evitar grandes caídas eran muy grandes. En terreno nevado las caídas no son tan violentas como en la roca, por lo que el uso de la cuerda permitió, aun sin arnés, afrontar mayores dificultades.

Gaston Rébuffat

Recurriendo de nuevo a Rebuffat, en su libro Hielo, nieve y roca, nos dice: “Inconvenientes de encordarse a la cintura: En caso de caída, quizá se caiga de cabeza; por otra parte, la columna vertebral y las costillas flotantes pueden sufrir lesiones debidas a un choque brutal”.

En algunas escuelas se empezó a generalizar el encordamiento al pecho, pero al comprobar que el peligro era similar al del encordamiento a la cintura, a principios de los 70, apareció un arnés (“baudrier” en Francia) de pecho, compuesto por un conjunto de cuerdas que ampliaba la zona de contacto, reduciendo el peligro de lesiones.

Wanda Rutkiewicz con un arnés de pecho

Pronto se constató que este arnés tampoco era la solución ideal, pero estaba claro que había que usar algún tipo de arnés para el encordamiento. Pronto se diseñó un arnés completo que en caso de caída repartía las consecuencias del impacto de forma mucho más generalizada, además, evitaba el volteo del escalador, aun llevando mochila. Su único inconveniente aparecía en caso de tener que ponernos o quitarnos ropa, pero frente a la seguridad, éste resultaba un inconveniente menor.

Nuevamente, el inolvidable Rébuffat nos recuerda: “…Dado que en alpinismo <el mejor sistema no pasa de ser bueno>, me parece que los encordamientos híbridos son desaconsejables y que el mejor sistema de encordamiento es el arnés completo.” Hacía referencia a ciertos sistemas de encordamiento con anillos de cuerda o cinta, combinados con arnés de pecho.

Rébuffat en la Aiguille du Midi, con arnés completo

Durante años pareció que se había llegado a la solución definitiva. El arnés completo servía para escalada en roca y hielo, alpinismo y cualquier otra modalidad de montañismo.

Pero la llegada de la escalada deportiva iba a revolucionar de nuevo nuestro deporte y con ello, todo el equipo. Llegaron los empotradores, los friends y los arneses de cintura, cuya evolución fue muy rápida; en pocos años se especializaron para cada tipo de terreno, incluso ya hace años que se utilizan para todo tipo de trabajos urbanos en altura. ¿Habremos llegado a los sistemas perfectos de aseguramiento en montaña, o la tecnología aún nos va a sorprender con nuevos diseños y nuevos elementos que añadir a nuestro equipo? En cualquier caso, recordar cómo se llegó al equipo actual siempre nos ayudará a conocer mejor nuestro deporte.

Joan Grifoll

Bibliografía:

  • La montaña. Gran encoclopedia ilustrada (VV.AA.). De Agostini, 2008
  • Hielo, nieve y roca (G. Rebuffat). Timun Mas, 1974
  • Técnica de hielo (Y. Chouinard). RM, 1981
  • Escalada (J. Barry y R. Mear). CEAC, 1991
  • WEB: org.ar . Centro Cultural Argentino de Montaña
  • WEB: aristasur.com