APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA ESCALADA Y EL ALPINISMO (II): Las mujeres a escena

El comentario que hizo el diario Federal de Ginebra el 11 de septiembre de 1838,...

El comentario que hizo el diario Federal de Ginebra el 11 de septiembre de 1838, tras la ascensión al Mt. Blanc de la condesa Henriette d’Angeville, fue el siguiente: “Nuestro orgulloso Mont Blanc debe de sentirse humillado como nunca. El martes, 4 de septiembre, a las 13.25, ha visto su cima hollada por un pie femenino”.

Madame Henriette d’Angeville

Aunque sabemos que la primera mujer en la cumbre del Mt Blanc fue la “chamoniarde” Marie Paradis (ver Mujeres en la cumbre, en este mismo blog), fue la ascensión de Mme d’Angeville la que se dio a conocer en los medios. Durante muchos años, a los hombres les iba a costar admitir a las mujeres en el olimpo del alpinismo, sin embargo, el tiempo demostró su capacidad para afrontar los mayores retos.

Henriette d’Angeville reunió una caravana compuesta por seis guías y seis porteadores. Las provisiones consistían en 24 pollos, 18 botellas de Burdeos, una barrica de vino y mucha sopa. Ver partir desde Chamonix a esta señorita despertó una sensación considerable. Vestía pantalón bombacho hasta los tobillos, una blusa blanca y encima de ella, un abrigo. En la cumbre se bebió un vaso de champán, escribió cartas a sus amigos y con el bastón escribió su lema sobre la nieve: “querer es poder”, y por último se aupó sobre los hombros de sus guías para flotar sobre la cumbre, metro y medio más arriba que los hombres y que Marie Paradís.

Pero la emancipación de la mujer no avanzó en ningún país como lo hizo en Gran Bretaña. A diferencia de sus hermanas continentales, muchas británicas ya practicaban por entonces deportes de acción. Entre 1854 y 1887 alcanzaron la cumbre del Mont Blanc 69 mujeres, entre las cuales 33 eran inglesas, por solo dos suizas, dos austríacas y una alemana.

En 1893, Lily Bristow acompañó a Mummery en la difícil escalada al Grépon, cargando una enorme cámara de fotos por placas. Mummery escribió sobre ella: “Nos enseñó a nosotros, socios veteranos del Alpine Club, cómo se afrontan con facilidad y seguridad incluso las paredes más verticales, y así como nosotros, durante las breves pausas, intentábamos recuperar el aliento, ella encontraba fuerzas para sacar fotografías…”.

Una de las primeras mujeres alpinistas fue Lucy Elisabeth Walker. En 1864, encordada con famoso guía Melchior Anderegg, el compañero de su vida, realizó la primera escalada del Balmhorn (3.698 m), ascendió al Finsteraarhorn (4.274 m), y en 1871 fue la primera mujer que escaló el Cervino (4.478 m). En 1873 logró la travesía de los Jungfrau (4.158 m) en una cordada íntegramente femenina.

A las alpinistas más grandes de esa época pertenece también Margaret Claudia Brevoort, la tía de William Brevoort Coolidge, con quien logró en 1870 la primera ascensión del Pico Central de la Meije (3.984 m). Fue la primera en hacer la travesía del Cervino, en 1871, y también en subir en pleno invierno la Jungfrau, algo completamente excepcional por aquel entonces.

La también inglesa Isabella Straton llevó a cabo la primera ascensión femenina al Mont Blanc sin acompañantes masculinos.

Digna de mención es la afición al alpinismo de la emperatriz Sissi de Austria, que en 1885 ascendió el Gran Buchstein en Gesäuse. Pero la mayoría de los hombres no quería saber nada de todo eso. En 1907, el Club Alpino Suizo tomó la decisión expresa de no admitir mujeres entre sus miembros y no fue hasta 1918 cuando se fundó un club alpino femenino suizo. ¡En Suiza no hubo sufragio femenino ¡hasta 1971!

En 1901, las baronesas húngaras Illona y Rolanda von Eörvös, con los guías Antonio Dimai, Giovanni Siorpaes y Agostino Verza, abrieron una vía en la sur de la Tofana di Rozes y ofrecieron 3000 florines a quien fuera capaz de imitarlas.

Las mujeres que entonces se medían con los grandes desafíos alpinísticos eran pocas, pero pisaban fuerte. En EE UU, la rivalidad entre dos de estas mujeres fue conocida en todo el mundo montañero. Annie Smith Peck (1850-1935) y Fanny Bullock Workman (1859-1925) competían deportivamente por la primacía femenina en altitud. A los 47 años, Annie escaló el volcán Orizaba (5.699 m.), en México, la cumbre más alta conquistada por una mujer; en 1904, alcanzó los 5.800 m. en el Illampú (6.368 m) (Bolivia) y poco después conquistó la pared este del Huascarán (6.768 m), en Perú. Fanny, por su parte, alcanzó en 1906, el Pinnacle Peak, en el macizo del Nun Kun (6.957 m.). En 1910, Annie volvió a la lid, alcanzando la cumbre del Nevado Coropuna (que entonces se creía más alto que el Aconcagua), de 6.615 m. y en una de las cimas menores que escaló para aclimatarse, dejó una bandera con la inscripción “Votes for women”. En los Alpes, Annie Smith, sin guía y formando cordada con otras mujeres realizó notables escaladas; en Londres fundó el Ladies Alpine Club, del que fue la primera presidenta entre 1907 y 1912 y sobre todo, fue un ejemplo para muchas mujeres que siguieron sus pasos por las montañas de todo el mundo.

Entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial la estrella entre las alpinistas de altitud fue Hettie Dyhrenfurt, quien guió en 1930 a 22 porteadores en el Himalaya, en medio de una tormenta de nieve, a través del Jongsonsg La, un collado situado a 6.120 m. En 1934, en la segunda expedición de su marido, superó con la cumbre del Sia Kangri (7.315 m.) (Karakorum) el record de Fanny Bullock. Hettie fue una mujer brillante; además de campeona de tenis, acompañó a su marido Gunter en sus expediciones al Himalaya, entre ellas al Kangchenjunga, durante la cual elaboró un diccionario de nepalí con más de 900 palabras.

Como respuesta a la acusación de los medios de que las mujeres alpinistas iban siempre al final de la cuerda de un hombre, en 1928 Hans Steger y Paula Wiesinger alternaron en la cabeza de cuerda durante la escalada de los 900 metros de la pared norte del Einser, en los Dolomitas, y bautizaron su vía como Camino de la juventud. Posteriormente, ya como Paula Steger, consiguió escaladas impensables para la época, como el Espolón NE de la Cima Grande o el Pilar Norte del Eiserkofel y la NE de la Civetta, en los Dolomitas. Pero también realizó escaladas extremas formando parte de cordadas exclusivamente femeninas, entre otras con la famosa fotógrafa Leni Riefenstahl

Claude Kogan (izda.) y Louise Boulaz

En 1933, Mary Varale, la Extraña señora de Milán, abrió una vía de escalada en el Spigolo Gallo de la Piccola, en compañía del soberbio Emilio Comicci, una hoja vertical que parecía clavada como un cuchillo en la montaña. Una empresa que aun hoy causa perplejidad.

De entre aquella pléyade de mujeres alpinistas del primer tercio del s. XX, hay que situar en un lugar especial a la suiza Loulou Boulaz (1908-1991), polifacética deportista alpina, cuarta en el campeonato del mundo de esquí de 1937, y notable escaladora en roca y nieve.

Suyas son la primera femenina a la pared norte de la Punta Croz en las Grandes Jorasses (con Gervassutti, Chabod y Lambert) y al Espolón Walker, en la misma montaña. Participó en una expedición al Cáucaso y en la femenina al Cho Oyu, dirigida por la francesa Claude Kogan.

Y así llegamos a la primera estrella del alpinismo femenino de la historia, la francesa Claude Kogan (1919-1959). Claude Trouillet nació en París en 1919. A los 20 años comenzó a escalar y poco después conoció a Georges Kogan, convirtiéndose en compañeros en la vida y en la montaña. Con él realizó importantes vías en los Alpes y en la Cordillera Blanca (Perú). Y empezó a ser conocida como la mujer que va de primera en las cordadas. En 1951, con Nicole Lininger, Claude participó en la primera ascensión de una cordada de mujeres al Quitaraju (Andes, 6100 m). Todo un reto para la época.

Tras la muerte de Georges, en 1951, ella continuó con las expediciones. Durante unos años, su actividad montañera fue extraordinaria, subió montañas en los Andes, Cáucaso, Groenlandia…, hasta llegar al Himalaya. En una expedición liderada por el guía Raymond Lambert, intentó subir al Cho Oyu (8153 m), quedándose a 450 metros de la cima. Se convierte así en la mujer que ha subido más alto del mundo. Pero, a esta mujer pionera, emprendedora y valiente, le quedaba un sueño: dirigir una expedición exclusivamente femenina a un ochomil.

En 1957 anuncia su proyecto y empieza a formarse el grupo. Las primeras en incorporarse son tres alpinistas inglesas: Dorothea Gravina, Margaret Darwall y Eileen Healey. Se unen la francesa Jeanne Franco, su amiga de toda la vida, y la belga Claudine van der Straten Ponthoz, su compañera de tantas escaladas. Y también la suiza Loulou Boulaz, con Colette Lebret, que irá de responsable médica, y Micheline Rambaud, cineasta. Más tarde, al llegar a Nepal, se incorporarían Pem Pem, Nima y Douma, dos hijas y una sobrina de Tenzing Norgay, el sherpa que había coronado el Everest con Edmund Hillary. Doce mujeres de cinco nacionalidades diferentes para un reto que requería cohesión, valor y coraje en cantidades ilimitadas.

Durante los dos años de preparación de la expedición, Claude dedicó todo su esfuerzo a la búsqueda de subvenciones, a obtener las autorizaciones y los visados, a organizar el transporte y finalmente, ya en Nepal, a coordinar a once sherpas y más de ochenta porteadores. Un trabajo extraordinario que se criticó desde algunos sectores del alpinismo tradicional, que no reconocían la capacidad física, el valor y la experiencia de esta mujer.

Salieron de París el 12 de agosto de 1959 y el 16 de septiembre instalaron el campo base a 5600 metros. Comenzaron los ascensos y descensos para equipar los campamentos y para aclimatarse. La primera desgracia ocurrió el 21 de septiembre: Loulou Boulaz abandonó, víctima de edema pulmonar. También lo haría Margaret, aquejada de flebitis. El resto continuó el trabajo de equipamiento, llegando hasta el IV campamento, a pesar de que el tiempo no siempre era favorable.

El 1 de octubre, Claude Kogan y Claudine van der Straten, aprovechando una mejoría del tiempo, se lanzaron al asalto de la cumbre. Pero la calma duró poco. Nevaba abundantemente y apenas había visibilidad. Claude hizo descender a los tres sherpas que les acompañaban y, con Claudine, permaneció en el campo IV. Mientras, la nieve se iba acumulando y aumentando el riesgo de avalanchas. Dos sherpas salieron desde el campo base para ayudarlas a descender. Uno de ellos se daría la vuelta.

El 11 de octubre las mujeres que permanecían en el campo base y que aún esperaban ver descender a las tres personas que faltaban, admitieron la realidad de la situación: no quedaba nada del campo IV. Claude, Claudine y el sherpa Ang Norbu habían desaparecido en el Cho Oyu. 

Claude fue, sobre todo, una mujer libre que no aceptó el destino tradicional y dependiente de las mujeres de su época, con unas capacidades físicas y mentales extraordinarias, dotada de cualidades para superar los retos de la montaña y la discriminación de sus compañeros. Una mujer excepcional. 

A las puertas de los años 60, la gran década revolucionaria del s. XX, que también lo fue en el mundo de la escalada y el alpinismo, las mujeres habían presentado sus credenciales con todos los honores. Algunas como Wanda Rutkiewicz, Junko Tabei, Krystina Palmowska, o Ivette Vaucher, iban forjando a base de grandes escaladas una personalidad y un historial alpinístico que las llevaría a afrontar los mayores retos a nivel mundial. Otras como Lynn Hill o Catherine Destivelle, aprendían desde niñas a trepar por la roca y a utilizar el piolet. Pero tendremos que esperar a un nuevo capítulo sobre la mujer montañera para conocer las aventuras de estas mujeres que han roto todas las barreras que se les han presentado.

Joan Grifoll.

Bibliografía:

  • Héroes del alpinismo (P. Lazzarin y R. Mantovani). Geo Planeta, 2008
  • ON TOP. Mujeres en la cima (R. Messner). Desnivel, 2011
  • Grandes aventureras (A. Lapierre y C. Mouchard). Blume, 2008
  • La mia scalatta al Monte Bianco (H. D’Angeville). Vivalda, 2000
  • Histoire de l’alpinisme (R. Frison-Roche). Flammarion, 1996